El psicólogo Alejandro Schujman aborda la importancia de dedicar tiempo a uno mismo y aconseja cómo hacerlo.

“¿En qué momento dejé de tener tiempo para mí? Esta semana pude ver un capítulo de 20 minutos mientras los chicos dormían una siesta ¡y eso fue todo! Trabajo, casa, chicos, cuando están con el padre los fines de semana que les toca a él aprovecho para ver a la familia y hacer pendientes. ¡Me da tanta tristeza!”

Cuando pregunto en mis charlas si los presentes hacen cosas para sí (no porque estén en agenda, sino porque simplemente lo desean) son muy pocas las manos levantadas.

Interrogo ¿por qué no lo hacen? Y la respuesta llega veloz y empieza con T: “Tiempo, no tengo tiempo para mí”.

La afirmación es contundente, lapidaria e irrebatible, penosa afirmación: “para mí no hay”.

Cuento una historia de mi cotidiano, hace ya varios años fui a un control médico con el profesional que me atiende desde siempre. Mis valores de laboratorio estaban al límite.

“Nada grave, yo sé que no tenés tiempo para hacer actividad física, pero tenemos una muy buena terapia intensiva​, en unos años nos veremos allá”, se levanta, me da la mano, abre la puerta y llama a Gómez. No me olvido más. La puerta abierta y mi médico dándome la mano. De repente, se me abrió mi agenda y tuve tiempo.

Fui a una cadena de gimnasios, pagué un año por adelantado y entrené tres veces por semana o más. Hasta que el susto se diluyó, me relajé y dejé de darle tiempo a mi cuerpo.

Tiempo para uno, clave. Foto Shutterstock.

Tiempo para uno, clave. Foto Shutterstock.

Para los nuestros todo, para nosotros nada

Nuestras contradicciones, nuestros misterios. Nuestros mandatos. Nunca dejaremos que a nuestros hijos y seres queridos les falte nada. ¿Por qué somos tan mezquinos con nosotros mismos?

Pensaba días atrás: si nuestro auto empieza a hacer ruidos raros, paramos al costado del camino para ver qué sucede. No se nos ocurriría seguir viaje porque sabemos que dañar el vehículo es costoso y peligroso.

Sin embargo, cuando se trata de nosotros, y comenzamos a hacer ruidos y dar señales de que algo anda mal, solemos acelerar para “sacarnos rápidamente los problemas de encima”. Extraña manera que tenemos los seres humanos de cuidarnos, o de maltratarnos más bien diría.

Postergar lo que a nosotros nos importa por los hijos, por los otros, por el trabajo, por lo que “debemos” hacer, es una triste costumbre.

Nosotros, para mañana. Vivimos como si fuéramos inmortales.

Leí hace años un libro que abrió mi mente, “Las intermitencias de la muerte”, del maestro José Saramago. La muerte decide dejar de trabajar en un pueblito, y la primera parte del libro narra todo lo que allí sucede.

En la segunda, la muerte misma en primera persona hace un maravilloso relato de cómo se siente, y ahí podemos entender desde el sentir porqué no sería bueno vivir para siempre.

La vida es larga pero no tanto, suelo decir. Y de eso se trata.

El tiempo dedicado a los demás muchas veces es más importante que el destinado a uno mismo. Foto: Shutterstock.

El tiempo dedicado a los demás muchas veces es más importante que el destinado a uno mismo. Foto: Shutterstock.

El sábado se sabadea

Una querida amiga y colega con la que tengo el placer de trabajar me dijo un viernes en el que le propuse reunirnos el sábado para un proyecto en común que llevamos adelante: “Ale, los sábados se sabadea. Lo dejamos para la semana”.

Y es cierto que muchas veces no queda otra que hacer cosas que no tenemos ganas de hacer en tiempo de descanso. Pero créanme, podemos elegir mucho más de lo que creemos.

Si supiéramos el mal uso que hacemos de nuestra libertad quizás tomaríamos otros caminos a la hora de decidir.

Me escribe una paciente un domingo: “Ale vienen amigos a comer. Acá estoy, disfrutando del jardín. Pediremos pizza”. Y adjunta una foto mostrándome como disfruta de la hermosa casa que tiene.

En la sesión anterior hablábamos de las exigencias, de cómo vive para los demás​, olvidándose de ella.

A la pregunta ella acerca de si ella habitaba su casa (a la que le dedica tantísimo tiempo), disfrutándola, me respondió: “La miro y digo ‘qué linda’, eso me hace muy feliz”. Contemplar y habitar son dos cosas distintas.

Y en esa foto que tuvo como respuesta un aplauso de su terapeuta estaba siendo protagonista al servicio de ella misma y no de los mandatos que tanto la limitan y condicionan.

Incluir en la agenda tiempo para uno, propone Schujman. Foto Shutterstock.

Incluir en la agenda tiempo para uno, propone Schujman. Foto Shutterstock.

Ponerse en agenda, el desafío

Una colega me cuenta que tiene un día de mucho trajín. Empieza el consultorio 8 AM y se libera a las 21. Descansá un rato en el almuerzo, le propongo. “¿Qué almuerzo?”, me dice y sonríe. “NO hay almuerzo hoy.”

Le cuento que en esa grilla falta una paciente. Esencial, muy importante, sin la cual ninguno de los otros puede estar en el largo plazo. Le faltaba ponerse a ella en su propia agenda.

Sugiero, pido, digo: en el color que más nos guste marquemos un lugar en nuestra propia organización para:

-nuestras pausas,

-nuestros tiempos,

-los cables a tierra, al menos un par de veces a la semana.

No podemos estar ausentes en nuestra propia grilla. No debemos.

Ejercicio físico, una de las actividades que suele relegarse. Foto Shutterstock.

Ejercicio físico, una de las actividades que suele relegarse. Foto Shutterstock.

Rompiendo mandatos

Para poder gestionar el tiempo de calidad que nos debemos a nosotros mismos, tenemos el gran desafío de derribar mandatos que nos han llevado a vivir una vida contrarreloj, y lejos del disfrute.

Hay dos culturas claramente diferenciadas: la de nuestros abuelos (hablo de mi generación con mis 55 años a cuesta), muchos de ellos inmigrantes, que reivindicaban la ley del trabajo como bien esencial. Pienso en mi abuelo Lázaro, que escapó del servicio militar en Siberia viajando meses en un barco como ayudante de cocina. El trabajó hasta sus 90 años en la sastrería, “el boliche”, como él lo llamaba.

No les quedaba otra a los abuelos, y el sacrificio era la marca de esos tiempos y el compás en el que bailaban la vida.

Tenemos en el otro rincón a los millenials, a los hijos de esta generación de padres amorosamente tibios, que tanto confort intentan darle, y una posición quizás más saludable en un punto (en exceso a mi criterio y de eso he hablado mucho).

En esta generación el cortoplacismo es rey, la inmediatez por sobre los proyectos a largo plazo y el principio de placer a veces ocupa un lugar demasiado grande a mi criterio.

En el medio, aquellas generaciones que con sus treinta, cuarenta y cincuenta años, a las que quizás les resulta más difícil gestionar todas estas cuestiones.

Tienen claro que para sus hijos quieren algo distinto, pero no está tan claro que lo distinto también puede aplicar para sí mismos.

Esta franja en particular tiene especial dificultad para pasarla bien y darse “permisos para ser feliz”.

Pasen y vean los mandatos que tenemos que desterrar para poder hacer un uso lindo y saludable de nuestra libertad y deseo:

 “No puedo relajarme y descansar hasta que todo esté terminado y hecho“. ¿Quién dijo que el descanso es al final y no en el medio? ¿Quién dijo que el deber está siempre por delante del placer? Digo yo: el descanso tranquilamente puede venir con las cosas a medio hacer, que nada pasa o, mejor dicho, si pasa que podemos gestionar lo que queda descansados y no agotados.

☒ Los hijos SIEMPRE están primero. Y no tengo dudas que mis hijos son lo más importante en mi vida. Pero también puedo dedicar tiempo para mí, y de esta forma les regalo un padre más pleno, menos estresado e intentando ser feliz.

 La exigencia productiva de trabajar 12 horas por día (herencia de los inmigrantes). Trabajaremos aquello que precisemos para cubrir lo que haya que cubrir. Pero no nos olvidemos de vivir.

☒ “Todo el tiempo que yo estoy despierta es para los demás”. Y aparejado a esto viene la queja permanente que acompaña el malestar e intoxica.

Los espacios propios no deberían ser negociables, considera Schujman. Foto Shutterstock.

Los espacios propios no deberían ser negociables, considera Schujman. Foto Shutterstock.

Caja de herramientas

Tomen lápiz y papel, tomen nota, sean cultores del tan trillado amor propio:

Organizar y distribuir los tiempos en el “equipo familia” de manera justa y saludable. En la dinámica familiar suele pasar que algunos resignan el tiempo para que a los demás les sobre.

 “Yo tengo el tiempo que le falta a ella”, confesaba el marido en una charla de pareja. Será cuestión de equilibrar el deber y placer para que la sociedad sea saludable y que los hijos tomen más responsabilidades y los adultos repartan la carga. Pedir, poner límites, ordenar y no posponer el secreto.

Dividir las actividades en deber y placer y asegurarse que al menos haya tres módulos de actividades placenteras en la semana para nosotros mismos.

Planificar con tiempo lo que tenemos que hacer para nosotros mismos. Uno de los mayores enemigos de ponernos en agenda es la improvisación y dejarnos para último momento.

Mirar a largo plazo e identificar qué pendientes tenemos para nosotros mismos. Esto incluye turnos médicos, comprar aquello que precisamos o que queremos, ver afectos que hace mucho no vemos.

No negociar con los espacios propios (que suele ser lo primero que postergamos).  El tiempo son decisiones, el tiempo lo tenés, es tuyo, como tu cuerpo, como tu vida, como lo que decidís hacer en cada momento, en cada instante.

Vos sos el/la protagonista, no espectador/a de tu vida. Digo una vez más, esto no es el ensayo, esto es la obra. Y ¿sabes qué? La vida es larga pero no tanto. Regalate tiempo amoroso para vos, ponete en agenda, hacete espacio.

Vos te necesitás.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Autor de No huyo, solo vuelo: El arte de soltar a los hijos, Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y Herramientas para padres.​

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