En su libro Prueba de vestuario, Victoria Lescano analiza el trabajo de los diseñadores en la cinematografía argentina y cómo la ropa de las estrellas se transformó en inspiración.

Cuenta Graciela Borges: “Tenía 15 años cuando actué en El Jefe (Fernando Ayala, 1958). Recuerdo que fui a comprarme la ropa del personaje junto con la madre del productor, Héctor Olivera”. Entre las prendas compradas, sigue, había “una falda plato, divinos trajes de baño enteros y una camisa con escote en la espalda”, que a ella, adolescente que se convertiría en una de las máximas divas del cine argentino, le parecía muy sexy.

A Graciela Borges siempre le gustó hacer su aporte personal a los personajes que interpretaba. Cuando se juntaba con los vestuaristas de sus filmes, intentaba saber cómo lo visualizaban, en qué dirección querían que fuera: “Es por eso que en las películas que filmé aparece muchísima ropa mía. Siempre propongo, a veces me dicen que sí y otras que no”.

Este es uno de los testimonios que conforman Prueba de vestuariodiseñadores y vestuaristas en el cine argentino (Ampersand), el reciente libro de la periodista Victoria Lescano. Graciela Borges es un eslabón posterior de una cadena que comenzó con Tita Merello y Mecha Ortiz, la morocha y la Rubia Mireya.

En Prueba de vestuario, Merello es declarada la predecesora del manual de estilo tanguero, presente en ¡Tango!, de Luis José Moglia Barth, el primer film sonoro argentino (1933), mientras que Ortiz aparece como la continuadora de ese estilo, al que le sumó algunas pinceladas de exotismo y la distintiva cabellera dorada.

Según Lescano, “Tita Merello, quien nació en un inquilinato del Barrio de San Telmo, legitimó los batones del arrabal. No en vano se autoproclamó ‘mujer del pueblo’. Los personajes de Mecha Ortiz tuvieron un cariz más extravagante (…). Una enalteció al percal, el textil más democrático; la otra veneró las sedas, los paños nobles y los aigrettes (tocados de pluma o gemas)”.

Graciela Borges en El Jefe. Ella misma fue a comprar el vestuario.

Graciela Borges en El Jefe. Ella misma fue a comprar el vestuario.

Página tras página, se van enhebrando las historias de otras estrellas del cine argentino y cómo impactaron los vestuarios de sus personajes en su contexto histórico de producción. Tal es el caso de Niní Marshall, que con su estilo barroco reivindicó los trajes icónicos de la clase trabajadora y los modos de los inmigrantes. De chica le gustaba disfrazarse; para carnaval se vestía siempre de española.

Otro caso es el de Paulina Singerman: con sus atuendos parodiaba a las divas de teléfono blanco y los modismos de la clase alta. “Cuando una moda que no nos gusta se impone es que andábamos equivocadas.”, dice Singerman citada por Lescano.

“Hay un gusto más sabio que el nuestro y es el gusto de la época”. La autora concluye: a través de la comedia y los “vestuarios rimbombantes”, ambas pretendían dar un mensaje.

Tita Merello legitimó los batones del arrabal. Mecha Ortiz veneró las sedas, los paños nobles y los aigrettes.

Victoria Lescano

Tendencias

¿Por qué poner el ojo en atuendos que, según la vestuarista María Julia Bertotto, funcionan mejor cuando no se perciben? Lescano dice: porque el cine es la principal fuente de inspiración declarada de diseñadores y estilistas.

La intención no es poner el foco en esas piezas exhibidas sobre alfombras rojas durante las ceremonias de entrega de premios. Se trata más bien de recuperar los gestos intimistas, los modos sutiles que se aprecian tanto en las telas de colores brillantes y el estilo barroco construido para Cándida y Catita, personajes de Niní Marshall (quien era, además, diseñadora de sus propios vestuarios), como en prendas con guiños a la lencería soft porn y los escotes épicos de Isabel Sarli. De la pesquisa de estos detalles nace Prueba de vestuario.

“Elegí hacer este libro porque, aunque hay mucha gente a la que le interesa, no se habla mucho del diseño de vestuario”, le dice Lescano a Viva. “Se habla más de lo que se ponen las actrices para ir a las ceremonias de premios que de esas obras maravillosas que hicieron las vestuaristas”.

Tita Merello: la morocha que reflejó el estilo tanguero.

Tita Merello: la morocha que reflejó el estilo tanguero.

En definitiva, lo que diferencia un vestido de la alfombra roja y un vestuario de cine es su poder para contar una historia; su capacidad de reflejar la personalidad y adaptarse a los modos de un determinado personaje. El libro pone así también el foco en el trabajo de diseñadores de vestuario cuya mirada sobre el mundo cae, talento y mucho trabajo mediante, sobre las telas.

Lescano cuenta que María Julia Bertotto, antes de idear los vestuarios de Argentino hasta la muerte (Fernando Ayala, 1971), “escudriñó cada trazo de una colección de cartas referidas a la guerra del Paraguay”.

Los primeros galanes del cine tenían que llevar su propia ropa para actuar porque sólo se contemplaba la producción del vestuario femenino.

Lucrecia Martel, por su parte, prefiere que los personajes reflejen en el atuendo los colores del suelo de alguna región, como se ve claro en la multipremiada película Zama ( 2017).

De Eduardo Lerchundi, el diseñador de vestuario que le indicaba a Leonardo Favio cómo filmar los sombreros y otras prendas para generar nuevos climas en escena, se cuenta que en la década del ‘40 descubrió que las mujeres iban al cine a ver las películas de Zully Moreno sólo para copiarle la ropa.

“Ese es el punto”, afirma la autora. “Un gesto muy Manuel Puig, que hacía lo mismo. Las mujeres iban al cine y decían ‘quiero el vestido de tal actriz’ ”.

Otros vestuaristas cuyas historias se iluminan en este libro son de la talla de Paco Jaumandreu, el “diseñador de las estrellas” como lo titula Lescano, el mismo que una mañana de 1942 recibió la llamada de Eva Duarte, a quien finalmente vistió en los comienzos de su carrera política.

A las entrevistas, que ella misma realizó en muchos casos, la autora agregó otros datos, como que Evita pasaría de las manos estilistas de Jaumandreu a las de Christian Dior. Así como en Florencia hay un museo donde se guarda la horma de su zapato, en la maison Dior llegó a haber un maniquí con las medidas exactas de Eva, tomadas en 1947 durante su viaje a Europa.

Zully Moreno: impuso tendencias desde la pantalla grande.

Zully Moreno: impuso tendencias desde la pantalla grande.

Intimidades de rodaje

Lo cierto es que a través de Prueba de vestuario uno se entera de muchas otras historias que exceden el análisis de las prendas. Como que Jorge Porcel era fanático de la moda y mandaba traer sus botones de Inglaterra. Que en los años ‘40 Argentina tenía la misma cantidad de estudios de cine que Hollywood (y algunos, con sus departamentos de vestuario). Que los primeros galanes del cine tenían que llevar su propia ropa para actuar porque sólo se contemplaba la producción del vestuario femenino, un tema que, cuenta la autora, en los libros no aparece.

Portada de Prueba de Vestuario (Ampersand), el libro de Victoria Lescano.

Portada de Prueba de Vestuario (Ampersand), el libro de Victoria Lescano.

Al menos hasta hoy. Lescano empezó su carrera escribiendo sobre moda cuando de eso casi nadie escribía; pero nada es porque sí. Hija y hermana de mujeres médicas, en su casa se hablaba sobre todo de medicina. Pero las mujeres de la familia, empezando por la abuela rumana que tuvo una casa de ropa de pieles (“cosa de la época de los inmigrantes”), siempre demostraron un gusto especial por la moda.

“A mi mamá le encantaba coser y bordar”, recuerda. “Me hacía unos trajes preciosos que yo no quería usar. Mi hermana fue una gran influencia. Ella era también médica, pero se diseñaba la ropa. Te hablo de gestos caseros. Después descubrí también que tenía unas tías muy elegantes, pero bueno, no es que yo crecí en una casa con ropas lujosas.”

Lescano escribió para varias publicaciones de moda, pero lo que más recuerda son sus comienzos en el suplemento “Las 12”, del diario Página 12. En ese espacio, la escritora María Moreno le sugirió uno de sus primeros desafíos: entrevistar a grandes personajes de la cultura, como Adolfo Bioy Casares, para hablar de ropa.

Esta etapa también incluyó el análisis del lugar de la moda en las obras de escritores como César Aira (sobre quien declara: “es genial escribiendo sobre moda y modos”), Hebe Uhart y Julio Cortázar. Este cruce entre literatura y moda dio origen a Letras Hilvanadascómo se visten los personajes de la literatura argentina (Mardulce, 2014). El texto precursor fue Prêt-a-rocker, moda y rock en Argentina (Planeta, 2010).

Lescano afirma que la moda instaura costumbres; a su vez piensa que hoy se tiene una mirada diferente sobre el consumo y la producción, que privilegia el reciclaje y se interesa por el cuidado del medio ambiente.

Graciela Borges, aquella adolescente de El Jefe, hoy estrella consagrada, sigue asombrándose del poder que transmite la pantalla. Le cuenta a Lescano que empezó a usar turbantes y tocados en la película Viudas (Marcos Carnevale, 2011), “y desde entonces los veo en todos los desfiles de moda”.

Un ejemplo de la fluidez con que interactúan la moda, los vestuarios de cine y nuestro guardarropa.

Radio Pinamar FM 100.7