jueves, febrero 27, 2020
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Maternidad en el siglo XXI Mundos íntimos. Elegí no tener hijos. Tuve que desafiar muchos prejuicios y hasta fue una de las razones de mi separación

Se asombra con los chicos. Pero no siente el deseo de criar propios. Ha tenido éxito con libros infantiles. Dice que no es una contradicción, sólo muestra que pasarla bien con ellos no obliga a ser madre.

dmiración. Eso siente Silvia cuando escucha historias de mujeres que siguen tratamientos difíciles para tener hijos. Foto: Juano Tesone.

Cuando sea grande voy a tener siete hijos.- le dije a mi mamá al salir del cine, después de ver La novicia rebelde.

-¿Tantos?

-Sí -afirmé, pensando en la familia Trapp, una imagen que inflamaba mis ilusiones de niña.

De chiquita. La autora con su hermano en la playa: en esa época quería ser mamá.

De chiquita. La autora con su hermano en la playa: en esa época quería ser mamá.

Me pregunto qué pasó después. ¿Cuándo se desvaneció ese deseo? ¿Qué hueco hubo entre esa niña y la adulta que soy? ¿Cuándo fue que pensé por primera vez: no quiero tener hijos?

No puedo precisar el suceso o el tránsito entre ese ferviente deseo de ser madre de muchos hijos y el de no tenerlos en absoluto. Trato de bucear en mi pasado alguna razón para ese quiebre. ¿O tal vez debería decir: para esa revelación?

Lo primero que viene a mi mente es un suceso muy doloroso que tuve cuando era adolescente y que alguna psicoanalista relacionó con mi no deseo de ser mamá. Tenía casi dieciocho años, un primer novio y mis primeras relaciones sexuales. Todo transcurría con normalidad hasta que un día noté, entre las sábanas, algo que me sorprendió. Una mancha de sangre, oscura, fuera de mi período. Al día siguiente, lo mismo. Ante la persistencia de las pérdidas, pedí hora con una ginecóloga de la obra social.

Me recibió una doctora que no conocía, una señora de voz áspera, con lentes cuadrados, llamada Gitler. Después de revisarme, me dijo que ella no había tenido relaciones prematrimoniales, no por un prurito moral, sino por miedo a tener un embarazo ectópico. La miré unos instantes, sin entender.

-¿Qué es eso?- pregunté.

-Pienso que es lo que vos tenés.

El “pienso” se debía a que en ese entonces todavía no había ecografías y era difícil hacer un diagnóstico preciso. Me explicó que un embarazo ectópico es un embarazo que, por alguna razón, anida fuera del útero, razón por lo cual no tiene ninguna posibilidad de llegar a término.

-¿Y qué hay que hacer?-, me atreví a preguntar.

Me dijo que había que esperar. Si se confirmaba el diagnóstico, iba a ser necesaria una intervención quirúrgica.

A partir de ese día, comencé a transitar por el túnel del terror.

Un túnel cada vez más oscuro. En esa época, yo vivía con mis padres y compartía la habitación con mi hermana menor, de trece años. Por los prejuicios de mi familia –una familia patriarcal con ideas rígidas– no podía compartir lo que me pasaba con mi mamá. Menos aún con mi papá, un hombre severo, cuya sola mirada me inspiraba temor.

Tenía que callar. Simular que todo estaba bien. Solo dos personas estaban al tanto de mi secreto: la doctora Gitler y mi novio, quien apenas entendía lo que ocurría.

Los días pasaban, las pérdidas de sangre aumentaban, y se confirmaba la sospecha del embarazo ectópico. De no intervenir a tiempo, podía producirse una hemorragia. El terror no me permitía dormir, me costaba concentrarme en los estudios, y a eso se sumaba el esfuerzo de sostener la simulación en mi casa.

Recuerdo que llevaba siempre conmigo un papel con el teléfono de emergencias, el de la clínica, y el de la doctora Gitler.

-Es importante que lleves estos datos con vos. Siempre -dijo-. Una hemorragia interna es algo serio.

Cómo olvidar la eternidad de esos días. Me recuerdo temblando por las noches y temblando de día.

El terror. La espera. Las rejas del silencio.

Después de tres semanas, la doctora Gitler, ya con la certeza de su presunción inicial, me dio fecha para la operación. Aunque nunca había entrado en un quirófano fue casi un alivio saber que la agonía de la espera tendría un final. El miedo me estaba enloqueciendo.

Recuerdo que la mañana de la intervención, como si fuera una niña, llevé El Principito conmigo, para leerlo antes de entrar en el quirófano. Por alguna razón, la lectura de ese libro, que adoraba de chica, me daba tranquilidad.

Sabiendo que mi mamá se iba a disgustar mucho al saber que yo había tenido relaciones con mi novio, antes de la operación le pedí por favor a la doctora Gitler que le dijera que se trataba de un quiste de ovario. La doctora me prometió que sí. Más tarde supe que no cumplió con su palabra. Por ser menor de edad y estar en riesgo mi vida, al parecer, tuvo que contarle la verdad.

Al despertar en la habitación de la clínica, todavía mareada por la anestesia, vi que mi mamá estaba a mi lado. Me miró unos minutos, seria.

Luego me dijo: -Ahora quizás no vas a poder tener hijos. Después cerró los ojos y se quedó callada, como una pitonisa de la desgracia.

En ese entonces yo no pensaba en las consecuencias que lo ocurrido podía tener en el futuro. Tampoco pensaba en hijos ni los deseaba. Solo quería vivir.

Con el paso de los días, el dolor de la herida fue disminuyendo y el enojo de mi mamá se apaciguó –con el tiempo se convertiría en mi gran compañera– En cuanto a mi padre, nunca se enteró de lo sucedido. Lentamente, mi vida fue volviendo a la normalidad. Pero el destino tenía escondida otra carta bajo la manga.

A los pocos meses de la intervención, mi novio, que acababa de comprar un auto azul, me propuso pasar unos días en el mar junto a una pareja de amigos. Me pareció un lindo plan. Salimos un viernes, al caer la tarde. Recuerdo que el cielo estaba despejado y la ruta parecía tranquila.

Mi novio me mostraba con orgullo la suavidad del andar de su coche nuevo. Yo iba a su lado, con el termo y el mate. En el asiento de atrás: nuestros amigos. Íbamos cantando, despreocupados, festejando por anticipado la aventura de pasar unos días en la playa, cuando, imprevistamente, se nos cruzó un ómnibus Río de la Plata.

El accidente fue brutal. El auto quedó destrozado. Por fortuna, mi novio y nuestra pareja de amigos salieron ilesos pero a mí el choque me produjo una herida severa en la cabeza y de inmediato quedé inconsciente.

Supe que mi novio me cargó en brazos, bañada en sangre, y que el mismo ómnibus contra el cual chocamos, nos llevó hasta el Melchor Romero, un Hospital neuropsiquiátrico -el único cercano-, donde me operaron de urgencia. Volví a mi casa con la cabeza vendada como una momia.

Al tiempo, nuestro noviazgo sucumbió.

Empezó a disgustarme que él se acercara, que me hablara, que me tocara. Quería estar sola. Desde entonces, nunca dejé de sentir un ligero temor ante un encuentro sexual.

¿Fueron aquellas heridas en mi cuerpo las que dejaron marcas en mi psiquis, entrelazando placer y muerte, sexo y muerte, maternidad y muerte? Tengo muy pocas certezas, pero sé que nunca, desde aquella niña embelesada con la familia Trapp, nunca volví a tener deseos de ser madre.

Después de ese año tan difícil, mi vida entró en una etapa de sosiego.

Mi juventud, y la incontenible corriente de la vida, ayudaron a suavizar las cicatrices de mi cuerpo y mi mente.

Cuando era chica, según decía mi papá, fui una niña algo ausente, que “vivía en las nubes”, siempre leyendo o dibujando, encerrada en mi cuarto. Me recuerdo inventando excusas para evitar las salidas en familia. Prefería quedarme sola, con mis canciones y mis libros, como un modo de quebrar el silencio de mi casa –una casa sin risas y sin música–. Al terminar la accidentada relación con mi primer novio, fueron los libros, como tantas veces, mi sostén y mi amparo.

Una tarde de sol, en el verano del año siguiente, conocí a S. y pronto comenzamos una relación amorosa. A los cuatro años de estar juntos, nos casamos. Recuerdo esos años junto a S. como un tiempo feliz. Nos queríamos, y la vida era dulce con nosotros.

Durante los primeros tiempos de nuestra relación trabajé como actriz, en teatro y en cine, hasta que descubrí la ópera, y caí perdidamente enamorada del género lírico. Tomé clases a diario de música y técnica vocal para ingresar en la carrera de canto del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. El trabajo con la voz, los ensayos y los conciertos ocupaban la mayor parte de mi tiempo.

En cuanto a tener hijos, con S. no hablábamos del tema. Pensábamos que era algo que llegaría con el flujo de la vida, sí, pero “después”. Cuando nos preguntaban en las reuniones si pensábamos tener hijos -la infaltable pregunta a toda pareja joven-, respondíamos: “Sí, más adelante.”

Recuerdo que yo tenía un enterito amplio, un “jardinero” a rayitas celestes y blancas que me gustaba mucho, y usaba poco, porque me quedaba grande. A veces lo miraba, inmóvil en su percha, como a la espera, y pensaba que lo habitaría cuando estuviera embarazada. Ya llegaría su momento. Sin embargo, por una u otra razón, iba postergando la idea de ser madre.

Yo pensaba que algún día el deseo de tener hijos llegaría, que se posaría suavemente en mi hombro, como un pájaro. Pero eso nunca ocurrió.

La ruptura de nuestro matrimonio se produjo por varias razones, pero recuerdo un hecho mínimo como un momento decisivo –es curioso como a veces, un suceso en apariencia insignificante puede cambiar nuestro destino–.

Fue el modo en que S. miró al bebé de una vecina.

Fernanda, nuestra vecina del 8° C, se había mudado al edificio por la misma época que nosotros y teníamos buena relación con ella. El día que regresó del sanatorio, después de haber dado a luz, nos tocó el timbre y nos mostró a su hijo con orgullo. Recuerdo que S. se quedó mirando a ese niño, atónito, como si fuera un milagro. Le acarició la mejilla con la yema de sus dedos y lo besó suavemente en la frente.

Yo estaba quieta, mirando a mi marido mirar, con dulzura infinita, a ese bebé. Entonces supe que no podíamos seguir juntos. Hacía siete años que estábamos casados y yo seguía sin desear un hijo.

Nos separamos al poco tiempo, de común acuerdo, como grandes amigos que se despiden en la mitad de un camino.

En los años siguientes, la literatura fue ocupando un lugar medular en mi vida.

Publiqué varios libros para adultos: novelas, cuentos y poesía. En los últimos tiempos, narraciones y poemas para niños y jóvenes, libros que también son leídos en las escuelas. Escribir para chicos no solo fue una forma de viajar a mi infancia, sino que me hizo vivir una de las experiencias más lindas de mi vida.

¿Cómo explicar el asombro y el placer que me da escuchar sus preguntas, siempre originales y sorprendentes? ¿Cómo, la ternura infinita que me provocan sus gestos, sus dibujos con mensajes de cariño, sus apretados abrazos? Puede que deje algún día de escribir libros para adultos, pero estoy segura de que nunca dejaré de escribir para ellos.

Cuando alguien me pregunta por qué no tuve hijos, no sé qué contestar. Evito decir: no quise tenerlos. No querer implica un acto voluntario que suele obedecer a razones claras, y ese no es mi caso. Puedo decir, en cambio, que no tuve el deseo, que no es lo mismo.

La falta de deseo es un espacio vacío: el paisaje desierto de un ansia. Cuando escucho los sacrificados tratamientos que hacen muchas mujeres para poder quedar embarazadas, las miro con admiración y con profunda extrañeza. No conozco esas ansias.

Por fortuna, las mujeres estamos comenzando a expresar en voz alta el derecho a elegir, o no, el camino de la maternidad. Hasta no hace mucho, para una mujer, parecía necesario justificar la decisión de no tener un hijo, como si fuera una falta, o una falla. Una mujer sin el deseo de tener un hijo era juzgada como un ser desalmado, egoísta, una no-mujer.

Tengo la convicción de que no es así. Creo que toda persona, no importa el género, cuando cuida, nutre y ama a otro ser, es madre. Y estoy segura de que la palabra mamá –tal vez la más tierna entre todas las palabras–, guarda en su corazón, algo de verbo.
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Silvia Arazi es escritora. El texto de la nota formará parte del libro “La voz de la madre”, en proceso de escritura. Su libro “Qué temprano anochece” obtuvo el Premio Julio Cortázar de narrativa breve. En poesía publicó “Claudine y la casa de piedra”, y “La medianera”, Segundo Premio del Fondo Nacional de las Artes. Su novela “La maestra de canto” fue llevada al cine y publicada en Alemania y Holanda. “La separación”, novela, se publicó en Argentina, España, Egipto, Turquía, República Checa, India, Bulgaria y Macedonia. Para público infantil destacan: “La familia Cubierto”, “El niño de pocas palabras” y “Vidas de Gatos” (poemas para cantar con un niño o un gato). Le encanta Schubert, los tilos y el silencio. Reparte sus días entre dos amores: Buenos Aires y Colonia del Sacramento.

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