La historia personal del director Fernando Frías de La Parra está muy lejos de la que presenta en su segundo largometraje de ficción, y sin embargo, el mexicano asegura que nunca quiso filmar una película con una mirada exótica de la otredad. Tampoco, una historia con el letargo contemplativo que muchas veces habita los festivales de cine, ese que casi puede ver belleza en la miseria y que expulsa a cualquier espectador no entrenado. Quería hacer el intento por filmar una película con la que sus propios protagonistas —no actores, adolescentes de clase trabajadora, oriundos de Monterrey— pudieran vincularse en serio. Y al final, parece haberlo conseguido, porque Ya no estoy aquí, la historia de un pandillero que huye a Estados Unidos perseguido por un cartel de Monterrey, casi no estuvo en festivales de cine europeo y sin embargo, se convirtió muy rápido en un pequeño suceso del streaming y las redes sociales. Desde su estreno en Netflix, los datos de color alrededor de la película abundaron. Guillermo del Toro twitteó recomendándola con bastante vehemencia, y Daniel García, el protagonista de 20 años que ni siquiera lo conocía, le respondió descreído invitándolo a tomar un tinto. Más tarde, una “botarga” con la cara del protagonista —es decir, una persona con un corpóreo gigante que anima eventos— apareció por la calles de Monterrey abierta a contrataciones. ¿Acaso hay otra cosa más consagratoria?.

La historia es así. Ulises es un chico de 17 años que lidera a Los Terkos, una pandilla callejera que tiene la cumbia rebajada como eje identitario. Hablamos de los “Kolombias” o los “Cholombianos”, una expresión contracultural extinta a principio de los dos mil; asimilación de la cumbia colombiana y el vallenato por los adolescentes del norte de México, que adoptaban esos ritmos festivos pero lentos, la ropas enormes, y en este caso, un corte de pelo con cresta naranja, patillas largas y cabezas rapadas. La película empieza como celebración de la juventud —aún cuando habite un contexto de extrema violencia— pero todo se ve truncado cuando un malentendido entre carteles obliga a Ulises a migrar de ilegal a Estados Unidos y empezar a trabajar como albañil en Queens, Nueva York.

Hay algo muy refrescante en Ya no estoy aquí: parece no interesarle la pornomiseria. La violencia lo habita todo, pero de forma seca, nunca declamatoria. Da por sentado la sordidez, no se engolosina en filmarla con pirotecnia. Y en esa latencia libera a sus personajes. Frías de la Parra nació en Ciudad de México, ganó la beca Fulbright, estudió cine en Columbia y, consciente de su privilegio, por suerte, no quiso filmar un retrato aleccionador, ni falazmente hiperrealista, y al mismo tiempo, logró algo que no es tan sencillo por estos días: hacer que un objeto de autor, muy bello y muy libre, también devenga en fenómeno pop.

Muy cerca de Estados Unidos, muy poco para hacer, hiper industrializada pero endogámica, en la ciudad de Monterrey la narcoviolencia fue parte del paisaje cotidiano de principios de siglo. Y el vínculo de los carteles con los pobladores muchas veces fue también de dependencia, ya que suplieron necesidades básicas que el aparato estatal ausente negaba. Por esa misma época, los jóvenes de los sectores marginales de la sociedad regia abrazaban la cumbia y encontraban en ella su propia respuesta contracultural a otra violencia, la clasista, la estructural: “Algo así como: ‘La sociedad no me quiere porque me considera feo y pobre, pues entonces voy a hacer más estridentes mi aspecto y mis gustos”, contó Frías a este mismo diario, durante el breve paso de la película por la Sala Lugones en Buenos Aires. Esas escenas de cumbia ralentizada —un baile tan poco conocido hacia el sur del mundo que asombra— podrían ser tan solo pintorescas, y sin embargo, están filmadas con una belleza que abraza: la cumbia parece corporizarse en la película. Las letras tristisimas, de una melancolía antigua, parecen anacrónicas cuando las canta una pandilla de niños que bailan muy lento como si fueran almas muy viejas. La cumbia tiene la misma eficacia cuando sale tristemente de un mp3 sobre una azotea de Nueva York en soledad, como cuando se festeja con brío en multitudinarios encuentros populares en villas miseria que el joven expatriado no deja de añorar.

Por momentos, parece que la película está a punto de deslizarse a un lugar común. Por ejemplo, cuando una prostituta colombiana entrada en edad podría acoger a Ulises como a un hijo en la ciudad más indiferente del planeta, o cuando una adolescente asiática en el Queens multicultural, parece interesarse sentimentalmente en él y salvarlo. Pero todas las oportunidades para la redención y el éxito pasan de largo. La angustia adolescente está apenas delineada y —aunque a menudo los críticos la encasillan en el género—, ni siquiera se puede decir que este sea un coming of age de tomo y lomo: no anticipa necesariamente una revelación, nunca explota una aventura superadora, incluso, hay acaso una pizca de comedia cruel. ¿Quizás el realismo sea eso?

En el 2012, Fernando Frías de la Parra ya había dirigido Rezeta, una película con ímpetu de falso documental en la que una albanesa aspirante a modelo recorría una Ciudad de México salvaje. Luego, en 2019, se consagró en la dirección de televisión con Los Espookys , la primera serie en español de HBO para un público angloparlante, un proyecto de la estrella latina de Saturday Night Live, Fred Armisen, bien lejos del realismo, bien cerca del corazón de la comedia absurda, donde un grupo de “darkis” —acá, los góticos latinos— tenían aventuras dementes ubicadas en un país hispano sin nombre. Ahora, Ya no estoy aquí, parece estar en un centro indeterminado entre ambas y confirmar la obsesión del director por la vida en las grandes urbes, y en cómo los consumos culturales y acaso las mismas ciudades, se reinterpretan y convierten en identidad a través de las experiencias disímiles de quienes la habitan. “Me apasionan este tipo de manifestaciones difíciles de predecir. Siento que vivimos en un mundo cada vez más uniforme, por eso me apasionan la espontaneidad, la posibilidad del accidente cultural, los sincretismos. Que se escuchara cumbia colombiana en Monterrey ya me resultaba fascinante”, contó el director, cuyo mayor acierto es elegir alejarse —dentro de lo posible— del exotismo, y regalarle la película a sus personajes. “Cuando llegué con los protagonistas a la presentación en Monterrey, la policía los detuvo y los revisó. ¡E iban al estreno de su película en el centro de la ciudad! Ya hay una discriminación sistemática y yo no quiero contribuir a eso para tener una película que me haga quedar bien”.