Esta en Groenlandia, es un prodigio tecnológico y su construcción fue una proeza que desafió el clima hostil y la pandemia.

El Centro del Fiordo de Hielo de Ilulissat, en Groenlandia, es un edificio de 1.500 metros cuadrados diseñado para cultivar el respeto por la belleza, la importancia y la vulnerabilidad del hielo. En voladizo, sobre un lago interior con vistas a un fiordo llamado Kangia en lengua groenlandesa, es un puesto de observación, una sala de exposiciones, un lugar de encuentro para los lugareños, un espacio de trabajo para científicos del clima y también un aula para alumnos de escuelas.

Se inauguró el 3 de julio, en la ciudad costera occidental de Ilulissat, y es el primero de los seis centros previstos para apoyar el turismo en Groenlandia, que se considera esencial para el futuro económico de un territorio con elevado desempleo. El número previsto de visitantes anuales, una vez que se levanten las restricciones de viaje impuestas por la pandemia, es de 25.000.

“Antes, sólo los jefes de Estado y las celebridades de muy alto nivel tenían la oportunidad de conocer la verdadera historia del hielo”, dice Jesper Nygard, director general de Realdania.

Esta organización danesa sin fines de lucro aportó gran parte de la financiación del proyecto, de 24,8 millones de dólares, que también cuenta con el apoyo del gobierno de Groenlandia y de un municipio local. “Ahora será un grupo más grande, pero no muy grande porque hay un programa de sostenibilidad”, asegura Nygard.

Desde el mirador se observa un glaciar de 1.200 kilómetros cuadrados, llamado Sermeq Kujalleq, que avanza a un promedio de 44 metros pod día.

El proceso de construcción del Centro del Fiordo de Hielo de Ilulissat fue una proeza de la ingeniería. Foto: NYT.

El proceso de construcción del Centro del Fiordo de Hielo de Ilulissat fue una proeza de la ingeniería. Foto: NYT.

En primera fila

Con 4.500 habitantes (y casi otros tantos perros), Ilulissat es la tercera ciudad más grande de Groenlandia. Vivir allí, a 240 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, es tener un asiento en la primera fila de un espectáculo perpetuo de hielo.

Un glaciar de 1.200 kilómetros cuadrados, llamado Sermeq Kujalleq, se agazapa al final del fiordo de hielo de Ilulissat, de 55 kilómetros de largo. La mole helada se extiende y retrocede con las estaciones, y ruge cuando se desprenden grandes trozos de su estructura.

Es el glaciar más rápido del mundo, ya que avanza un promedio de 44 metros por día. Los témpanos que forma, algunos tan altos como rascacielos, se desplazan a lo largo del fiordo antes de entrar en la bahía de Disko y luego derivar hacia la bahía de Baffin.

En esta región también se hace visible la crisis climática mundial. De 2002 a 2012, el Sermeq Kujalleq retrocedió casi 14 kilómetros –en los 99 años anteriores sólo había retrocedido 12 kilómetros– y su agua de deshielo contribuyó al aumento de los océanos del mundo. Por su importancia, en 2004, la Unesco incluyó al fiordo de hielo de Ilulissat en su lista de Patrimonio Mundial.

Al exponer el tema del hielo en una estructura diseñada con sensibilidad, el Centro del Fiordo de Hielo intenta resolver el posible conflicto entre la preservación del medio ambiente y el impacto turístico.

Hay nieve desde septiembre a mayo. No hay carreteras entre las ciudades. El transporte se realiza en barco, helicóptero, moto de nieve o trineo tirado por perros.

Se podría argumentar que lo último que necesita un paisaje que está calentándose peligrosamente, es un aumento de visitantes que incremente las emisiones de carbono. Pero el centro pretende compensar ese daño educando al público, tanto en persona, como a través de programas en Internet, sobre el cambio climático.

La arquitecta Dorte Mandrup, residente en Copenhague, Dinamarca, se impuso a otros famosos, como el grupo de diseño Snohetta, Olafur Eliasson y Kengo Kuma, al ganar un concurso en 2016 para diseñar el proyecto. Mandrup hoy compara el edificio con un búho nevado con las alas extendidas que ha tocado ligeramente el lecho de roca.

Aunque su apariencia sea sencilla, la construcción fue todo lo contrario. En Groenlandia, la nieve se derrite en mayo y vuelve en septiembre, dejando un estrecho margen.No hay carreteras entre las ciudades; el transporte se realiza en barco, helicóptero, moto de nieve o trineo tirado por perros. Entre finales de noviembre y mediados de enero, el sol nunca sale. Y luego está la cuarentena obligatoria de cinco días para los arquitectos que trabajaron en el lugar durante la pandemia.

Los glaciares que están a un paso del Círculo Polar Ártico.

Los glaciares que están a un paso del Círculo Polar Ártico.

En el túnel del viento

El edificio se compone de 50 estructuras de acero con geometrías que pasan de triángulos a cuadrados y de nuevo a triángulos. El 80 por ciento del acero es reciclado y tiene terminaciones con roble europeo.

Mandrup y su equipo montaron una maqueta del edificio en un túnel de viento en Dinamarca para asegurarse de que la forma aerodinámica evitara que se acumularan grandes cantidades de nieve por efecto de los duros vientos del oeste (se utilizó harina de papa en lugar de nieve). A continuación, la estructura desmontada se empaquetó en contenedores y se envió a Groenlandia, donde se reconstruyó in situ.

En el interior del mirador con forma de boomerang, se encuentran los servicios clásicos de los museos: el mostrador de información, una tienda de regalos y una cafetería.

Menos típico es el paisaje fascinante que se presenta a través de paredes de cristal con planchas de madera motorizadas que desaparecen en el techo. La pieza central es un espacio de exposición de 400 metros cuadrados que presenta La historia del hielo, una instalación multimedia permanente que recorre la ciencia, la antropología y el impacto ambiental a lo largo de cientos de miles de años.

Energía reciclada

Más allá de esa exposición hay espacios de investigación donde los científicos pueden venir del campo y revisar los datos. También hay un aula al aire libre para programas educativos a distancia para niños de todo el mundo. Los sectores del edificio que se calientan (tres quintas partes de su superficie) usan energía reciclada de la central hidroeléctrica de la ciudad para obtener emisiones netas de carbono.

Una chimenea exterior calienta un punto de encuentro protegido en la terraza oeste. Y el paseo marítimo de la azotea es como una percha colgante para observar las puestas de sol y las auroras boreales. Bajando cuatro pequeños escalones en un extremo de la azotea, los visitantes pueden emprender una caminata por un sendero que lleva a las ruinas de un asentamiento inuit.

El tejado/paseo es sólo una muestra de cómo el edificio escultórico actúa como “puerta de entrada entre la civilización y la enorme naturaleza salvaje”, como lo describió Mandrup, especialista en crear plataformas para el estudio de hábitats delicados, o lo que ella llama “lugares irremplazables”.

Su Centro del Mar de Wadden, en la costa occidental de Dinamarca, uno de un grupo de tres proyectos relacionados, es un fragmento cubierto de paja al margen de una zona plagada de aves migratorias. La Ballena, un edificio en construcción para la isla noruega de Andoya, por encima del Círculo Polar Ártico, es una cáscara parabólica de hormigón con una vista larga y horizontal de las montañas y las aguas con cetáceos.

El Icefjord Centre también encuentra un eco urbano en el parque de la terraza que diseñó para una tienda de Ikea en Copenhague. Cuando se inaugure, ofrecerá un rincón de vegetación raro en un barrio industrial. “Creo que tienes una responsabilidad cuando tomas un terreno”, dijo Mandrup. No todos los arquitectos piensan igual.

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