Las psicólogas María Casabal y Belén López Medus reflexionan sobre los desbordes que acarrea la mapaternidad.

“A veces yo también me enojo, pero no me gusta cuando grito y te hago sentir mal. ¿Me perdonás? Me voy a quedar cerca tuyo mientras aprendo a explicarte mejor lo que siento”. La frase fue escrita en Te quiero siempre, un cuento que circula ampliamente en grupos de crianza respetuosa creado por María Casabal y Belén López Medus, psicólogas especializadas en terapias parento-juveniles.

“Necesitamos derribar mentalmente el mito de que para ser buenos padres debemos vivir en ‘perfecta armonía’ con nuestros hijos todo el tiempo. Sólo cuando realmente lo creamos vamos a poder transmitirlo”, afirmaron las especialistas a Clarín.

López Medus también es autora de El día que mamá se transformó en dragón, donde habla de los desbordes que acarrea la maternidad y la importancia de reconocer las equivocaciones para mantener vínculos sanos. Según sus palabras, “si reparamos las malas respuestas parentales, nuestros errores pueden transformarse en valiosas experiencias que enriquecerán el desarrollo de nuestros hijos”.

– ¿De qué modo podemos explicarle nuestros desbordes a hijos e hijas cuando son niños?

– María Casabal: En nuestros talleres siempre decimos que es más importante lo que pensamos que lo que hacemos o decimos. Primero tenemos que estar convencidos de que las rupturas son parte de los vínculos.

En lo concreto, podemos explicarles de un modo accesible para ellos qué fue los que nos pasó que nos llevó a actuar de esa manera. Explicarles el ‘detrás de escena’, lo que nos pasaba antes del suceso: que estábamos cansados, nerviosos o preocupados por alguna situación puntual.

El día que mamá se transformó en dragón. Foto: gentileza autoras.

El día que mamá se transformó en dragón. Foto: gentileza autoras.

– Belén López Medus: Generalmente, cuando perdemos la paciencia y el control de nuestras reacciones es porque hay una acumulación de factores, una escalada de tensión que termina armando la tormenta perfecta. Aunque ellos hayan hecho o dicho algo que nos hizo explotar, si les explicamos que hay algo más, ayudamos a que ellos no se sientan los culpables de nuestra reacción.

Podemos explicarles que a los adultos, como a ellos, a veces también nos cuesta manejar nuestras emociones y que eso no quiere decir que no los queremos. Repetirles hasta el cansancio que los queremos siempre, incluso cuando nos enojamos y cuando nos equivocamos al tratarlos mal.

– ¿Cómo se reparan esas malas respuestas parentales?

– María Casabal: De la misma manera que reparamos un conflicto en nuestros vínculos con otros adultos: reconocemos la equivocación y pedimos perdón. Cuando tenemos un problema con algún amigo o con nuestra pareja generalmente abordamos la cuestión de alguna manera y reparamos el daño. Tomamos un café, charlamos y, en el intento de entendernos mutuamente, se restablece la conexión.

Pero cuando nos equivocamos con alguno de nuestros hijos, muchas veces pasamos por alto la ruptura, ellos parecen olvidarlo y lo dejamos pasar.

Reconocer el error y pedir perdón, una de las claves. Foto ilustración Shutterstock.

Reconocer el error y pedir perdón, una de las claves. Foto ilustración Shutterstock.

– Belén López Medus: Parte de la reparación sucede en el mismo momento en que ‘metimos la pata’, o rápidamente después. Una vez que recobramos la calma, nos hacemos cargo de aquello que dijimos o hicimos cuando estábamos fuera de eje. Nos volvemos a mostrar como puerto seguro para nuestros hijos, como ese lugar en el cual pueden encontrar consuelo y seguridad.

Validamos lo que sintieron, siempre. Y si es necesario, podemos abordar su comportamiento inapropiado ayudándolos a encontrar mejores maneras de expresar lo que sienten o de desenvolverse en futuras ocasiones.

– María Casabal: Hay una segunda parte, no menos importante, que puede darse más tarde, incluso días después. Tiene que ver con brindarles la posibilidad a los chicos de poner en palabras lo que pasó, algo así como ‘contar el cuento’ de la ruptura.

Al poder hablar del miedo que sintieron, de la bronca que les dio, o lo injusto que les pareció el grito de mamá, evitamos que esas emociones queden enquistadas, y ayudamos a que puedan ser liberadas. Contarlo una y otra vez los ayuda a comprender, a elaborar y a sanar.

– ¿Por qué consideran que nos cuesta tanto aceptar que a veces madres y padres también nos equivocamos en ese rol y, al hacerlo, lo vivimos con tanta culpa?

– Belén López Medus: Esto tiene que ver con múltiples cuestiones. Por un lado, el exceso de información sobre distintas teorías y métodos de crianza al que hoy padres y madres tenemos fácil acceso, y recibimos sin filtro alguno, puede generar en muchos casos una elevadísima exigencia al ejercer del rol parental.

La información es necesaria, nos hace reflexionar y cuestionarnos antiguas maneras de criar. El tema es que cuando creemos que la crianza respetuosa se trata de madres y padres perfectos, siempre disponibles y dueños de una paciencia infinita, la vara es demasiado alta y cualquier equivocación nos hace sentir mal. Sentimos culpa de no poder ser esa mamá o ese papá que genuinamente queremos ser.

Es común sentir culpa por no poder ser esa mamá o ese papá que genuinamente queremos ser. Foto ilustración Shutterstock.

Es común sentir culpa por no poder ser esa mamá o ese papá que genuinamente queremos ser. Foto ilustración Shutterstock.

– María Casabal: Por otro lado, en general, nos cuesta aceptar nuestra vulnerabilidad. Integrar nuestras luces con nuestras sombras. Todavía se habla poco del lado B de la maternidad, lo que nos lleva a sentirnos muy solas al transitar por los inevitables rincones de mayor oscuridad que también la integran.

Nos da vergüenza sentir cansancio, incertidumbre e incluso ganas de salir corriendo ante semejante responsabilidad. Nos cuesta hablar sobre lo difícil que nos resulta, muchas veces, entrar en sintonía con nuestros hijos. Nos cuesta admitir que la mayoría de las veces no tenemos idea de qué es lo que tenemos que hacer para ayudarlos.

Y esa dificultad para hablar sobre nuestros miedos y nuestras fallas hace que las vivamos en soledad. Cuando uno siente que es la única persona en el mundo capaz de gritarles a sus hijos un día de mucho agobio es inevitable sentir una gran dosis de culpa.

– ¿De qué se trata ese “volver a conectar” con los hijos luego de perder la paciencia?

– María Casabal: Es difícil poner en palabras qué es la conexión porque es algo que se entiende viviéndolo. Cuando conectamos ‘nos sentimos sentidos’ como dice el doctor Siegel, médico psiquiatra estadounidense. En esa conexión sucede algo que nos calma, que nos hace sentir vistos y seguros.

Para que suceda después de una ruptura, debemos volver a estar tranquilos. Ambos, nuestros hijos y nosotros. Y crear un espacio para hablar de lo que sentimos sin ser juzgados.

Wonky Steverlynck (ilustradora de ambos libros), Belén López Medus y María Casabal. Foto gentileza autoras.

Wonky Steverlynck (ilustradora de ambos libros), Belén López Medus y María Casabal. Foto gentileza autoras.

– Belén López Medus: No siempre hace falta usar palabras para compartir con otro una experiencia. A veces con los gestos alcanza para sentirnos entendidos. Debe ser un encuentro genuino y que muestre nuestras ganas de reparar.

Tal vez lo que hace tan difícil este volver a conectar es que no hay pasos a seguir, no hay manual, no existen las palabras exactas. Está en lo que pasa por debajo de lo que decimos lo que hace la magia: lo que pensamos se transmite en nuestro cuerpo y en nuestra mirada.

El equilibrio entre los límites y la empatía

Las especialistas destacaron que hallar el equilibrio entre la firmeza y la empatía no es fácil y que aquí se juega la historia personal de cada madre y padre. Validar las emociones del niño o niña, en tanto, resulta fundamental. 

– ¿Cómo se logra un equilibrio entre la firmeza de los límites y la empatía a la hora de la crianza?

– María Casabal: El equilibrio siempre es difícil de lograr. Se logra poniendo un pie en sus zapatos y otro afuera. Cuando logramos ponernos en su lugar y ver lo que les está pasando desde ‘su cabeza’ ellos se sienten validados y acompañados. Pero si nos quedamos solo con su punto de vista podemos perdernos en sus sentimientos.

Empantanados junto a ellos, en sus miedos, tristezas o enojos dejamos de ser esa fuente de seguridad que los ayuda a recobrar el bienestar emocional. Y si en cambio, actuamos ‘desde afuera’, quedándonos sólo con la firmeza que le pone fin al mal comportamiento, sin abordar lo que están sintiendo, ellos se quedan solos con sus sentimientos.

Lo difícil de conectar tras el desborde es que no hay pasos a seguir ni un manual de instrucciones. Foto ilustración Shutterstock.

Lo difícil de conectar tras el desborde es que no hay pasos a seguir ni un manual de instrucciones. Foto ilustración Shutterstock.

– Belén López Medus: Sentir que hay alguien que entiende cómo se sienten y que recibe sus emociones con ternura les brinda calma y seguridad. Sentir que hay alguien más grande que ‘maneja el timón’ cuando sienten que se hunden en sus emociones también les brinda seguridad y tranquilidad.

Nuestro estilo y nuestra historia personal nos conduce a que nos resulte más fácil alguno de los dos puntos: ser más firmes o ser más empáticos. Es natural que esto suceda. Lo importante es aprender a registrarnos, amigarnos con ese lugar que nos queda más incómodo para poder ir fortaleciéndolo de a poquito.

Te quiero siempre. Foto: gentileza autoras.

Te quiero siempre. Foto: gentileza autoras.

– María Casabal: Observarnos y compartir con alguien nuestras dificultades va a hacer que nos resulte más fácil encontrar el equilibrio la próxima vez (y las siguientes). Es por eso que no nos cansaremos de decir que la maternidad compartida se hace más simple.

Necesitamos hablar de nuestros errores. Echando luz a las partes que nos resultan más difíciles y a las que más desearíamos esconder vamos a poder integrarlas sin sentirnos malas madres cada vez que nos equivoquemos.

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