Ensuciarse y estar en contacto con los elementos de la naturaleza trae beneficios emocionales y de conocimiento.

“¿De nuevo te ensuciaste la remera? ¡Te la acabo de cambiar!” La frase les sonará familiar a muchas mamás y papás que más de una vez se encuentran frente a determinadas conductas de los chicos que a los adultos nos resultan difíciles de entender.

A “años luz” de esos tiempos en los cuales la papilla quedaba estampada en nuestra ropa o disfrutábamos de chapotear en cualquier charco que estuviera a nuestro alcance o, pala en mano, distribuíamos por todo el patio la tierra de una maceta, es comprensible que hayamos perdido la perspectiva de la importancia de jugar a ensuciarse en los primeros años de vida.

Pero lo cierto es que, tanto antes como ahora y lo seguirá siendo en el futuro, ensuciarse jugando es una actividad que ayuda al desarrollo infantil de los niños. Es necesario y un signo de crecimiento. Repasemos, entonces, los beneficios de jugar a ensuciarse en la infancia.

Ensuciarse jugando es una actividad que ayuda al desarrollo infantil de los niños. Foto: ilustración Shutterstock.

Ensuciarse jugando es una actividad que ayuda al desarrollo infantil de los niños. Foto: ilustración Shutterstock.

Jugar a ensuciarse: cómo ayuda al desarrollo infantil de los niños

La vida y los intereses de los niños se relacionan estrechamente con el juego; es una manifestación natural y espontánea en la que siguen sus instintos y satisfacen sus necesidades de movimiento. Caminar, correr, escalar, mancharse son formas que encuentran para descubrir el mundo por sí solos. Así, desde que comienzan a gatear, los niños se convierten en “exploradores y científicos”.

Martha Beck, licenciada en psicopedagogía y miembro de la Junta Ejecutiva de la Federación Argentina de Psicopedagogos (FAP) explica que “un niño que juega a ensuciarse es un niño sano. Es importante que entre en contacto con lo que nos rodea, lo que implica conocer, explorar y también, claro, ensuciarse”.

En ese contexto, son fundamentales las actividades en lugares abiertos. El pasto, la tierra, el agua, la arena, el barro son algunas de las alternativas favoritas de los chicos. Y la tarea de los padres -asegura Beck- es esmerarse por evitar la preocupación de que puedan ensuciarse:

El pasto, la tierra, el agua, la arena, el barro son algunas de las alternativas favoritas. Foto: ilustración Shutterstock.

El pasto, la tierra, el agua, la arena, el barro son algunas de las alternativas favoritas. Foto: ilustración Shutterstock.

“Si bien la higiene es muy importante en momentos como el actual, si nos obsesionamos con ella estamos perjudicando la salud del niño. Los espacios de interacción y esparcimiento al aire libre son fundamentales para su desarrollo psíquico, favorecer la creatividad y liberar estrés”.

Otro temor habitual en los padres cuando sus hijos juegan en el jardín o en una plaza es que pueda haber gérmenes peligrosos o dañinos para su salud. La psicopedagoga nos indica que es justamente el contacto con la naturaleza lo que refuerza el sistema inmunológico.

Beck aclara, sin embargo, la importancia de que el juego sea con una “libertad controlada”, es decir, que los padres brinden un “espacio seguro”. “Esto le dará mayores herramientas al niño para integrarse de manera equilibrada a la realidad circundante y ejercitar sus capacidades cognitivas (atención, percepción, memoria, resolución de problemas) y sociales (empatía, comunicación, cooperación, autocontrol emocional)”.

Beneficios de jugar a ensuciarse

Estos son algunos de los beneficios de jugar a ensuciarse que nos enumera la licenciada en Psicopedagogía y también vicepresidente de la Asociación de Profesionales del Quehacer Psicopedagógico- Buenos Aires (APQP):

  1. Los niños pasan horas encerrados jugando con dispositivos electrónicos. Estar al aire libre, caminar, correr, trepar, escalar, ensuciarse les permite descargar más energía y, de esta manera, aprender, alimentarse y dormir mejor.
  2. Por un lado, está su salud física y su sistema inmunitario, pero también su salud emocional. El contacto con la naturaleza contribuye a que el cerebro genere más hormona serotonina, incrementando los niveles de felicidad y la capacidad de concentración.
  3. Ensuciarse jugando, desparramar tierra, manosear el puré y luego limpiarse las manos en la remerita, hacer “grafitis” en las paredes, jugar en el piso –siempre en un contexto seguro-, o que vuelvan felices y embarrados del campo de deportes cuando ya son más grandes, resultan necesarios para aprender a adaptarse al mundo y crecer en él.
  4. El hecho de jugar en sí es una actividad mental y física que favorece el desarrollo de los niños con armonía. Hacerlo en libertad les ofrece miles de posibilidades para investigar, crear, divertirse, descubrir, fantasear o ilusionarse. Es una herramienta que los ayuda a regular la conducta.
  5. Los espacios adecuados para jugar estimulan el desarrollo integral, potencian sus emociones, la autoestima, la iniciativa, la independencia, además de permitirles conocer su cuerpo y adquirir destrezas para moverse y apropiarse del entorno.
  6. Por último, habrá que tener en cuenta que todas estas actividades no tienen que implicar un descuido de la higiene. Los hábitos de limpieza no deben verse interferidos por el espacio de libertad que se le brinda al niño mientras juega. Al volver a casa, un buen baño. Y siempre un lavado de manos antes de cada comida.

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