jueves, octubre 17, 2019
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No hay que exagerar Mundos íntimos. Apenas me casé, mi esposa se enojó conmigo y le dije que anulábamos el matrimonio. Por suerte no lo hicimos

Mantener la calma. El autor reconoce que le cuesta quedarse tranquilo cuando algo le molesta. Una conversación después del civil fue el detonante. Pero luego hubo paz y hoy tienen dos chicos fantásticos.

Corría el año 2004, y mi casamiento por civil junto a Gise sería el viernes 10 de octubre. Gise y su amigo dueño de una sastrería consideraron que la clave de mi vestimenta radicaba en el color violeta, tanto en la corbata como en el pañuelo del bolsillo superior del saco. La camisa también con una tonalidad violeta, pero leve, como un efecto óptico de un ambiguo y mutante blanco. El traje, como el color de los autos, un pseudo azul marino, lo que le llaman un gris foncé. Mi esposa tenía un conjunto color salmón. También portaba un bello arreglo con jazmines y otras florcitas blancas que tramaban mini enredaderas de la buena suerte.

Ese mediodía de viernes, era un muñequito de torta, escoltado por mis hermanos mayores hacia el acuerdo civil (mis padres, como el de la novia, habían pasado a mejor vida). De las palabras de la jueza de paz (como en la época del Martín Fierro, creo que así se les llama), lo único que recuerdo es una frase que no sin ironía se repite: tienen 30 días para anular el matrimonio.

Arroz. Todo era sonrisas y felicidad. pero un rato más tarde empezó el desencuentro.

Arroz. Todo era sonrisas y felicidad. pero un rato más tarde empezó el desencuentro.

No sé si por el café con whisky de la mañana, pero lo cierto es que fue un momento vivido sin tensión. Los amigos, los hermanos, la suegra, las tías, primos cercanos y lejanos, y a la salida del registro civil, un grano de arroz en el ojo.

El primer mojón de esa maratón, ya estaba cumplido. Como dicen los teóricos castrenses, me encontraba “civilinizado” por el matrimonio. Ese viernes, los siguientes mojones eran el ágape post civil en el Salón de Usos Múltiples de mi hermana y a la noche la bendición del rabino en el Templo al finalizar la ceremonia del comienzo del Shabat, luego vendría la transición hasta el domingo con el casamiento religioso, después la fiesta y finalmente la luna de miel.

El ágape estuvo bien, no faltaron las botellas de vino, el champagne y otros brebajes. En un momento, mi flamante esposa me llevó a un costado. No son buenos los momentos de aislacionismo de pareja, suelen ser situaciones tensas donde (eso lo aprendí con los años), hay que permanecer silencioso y de pie en la derrota.

-Tu prima agarró el ramo, dijo “Ay, qué lindo, ¿puedo?”, y extrajo el jazmín del centro, que es el que mantenía unido el arreglo floral.

Como siempre en situaciones similares, pregunté: -¿Y eso qué significa?

-Significa que me cagó el día.

Estaba realmente angustiada, así que traté de calmar las aguas. Tomé lo que quedaba del arreglo floral; realmente estaba enclenque, le faltaba la base. Inevitable, hice una broma fuera de lugar: -Bueno, la flor tal vez le traiga suerte a mi prima, y entonces consiga un novio, se amen, sean felices y se casen.

Logré sacarle una sonrisa del enojo y dije las palabras paliativas: “Bueno, tranqui, va a salir todo bien”. Luego me fui a seguir tomando con los borrachines contertulios.

Se hicieron las cuatro de la tarde, Gise me informó que se iba con la madre, yo le dije que me quedaba un rato.

-No te demores mucho porque a las 20 tenemos que estar en el templo.

-Tranquila, todo bien.

Lo cierto es que los invitados comenzaron a irse, la tarde se estaba perdiendo, los primeros calores de la primavera dejaban paso a la tibia noche. Acaso para buscar aliados ante el inminente reproche por ser pasadas las seis de la tarde y yo aun de jarana, las últimas dos horas culminaron en el departamento de mi hermana con dos amigos de Gise. Esta vez ya era el momento del licor, el vino que seguía en las copas pasó a segundo plano. Las llamadas insistentes interrumpieron esa nebulosa sin tiempo en la que estaba, tenía razón la esposita, era momento de prepararse para la noche.

El taxi hasta casa fue una entrega total. Cerrar los ojos para dormitar sólo contribuía a acentuar el ritmo de ese tambor que retumbaba en mi cabeza.

Ya en casa, lo único que quería era dormir un rato. El tono de voz de Gise se confundía con la jaqueca.

A las siete de la tarde, sonó el teléfono. Apenas pude dormir unos minutos.

-¿No pensabas llamarme? –fueron sus primeras palabras.

Entre la borrachera y el efímero sueño que había logrado conquistar, no pude decir nada. Había encontrado paz en el sueño y de repente debía volver a la cruel vigilia.

-¿No vas a decir nada?

-Estaba dormido.

-Estás borracho más que dormido, o peor, vivís dormido, y encima borracho.

El soldado tuvo que salir al frente, el enemigo no cesaba de avanzar.

-¿Qué pasa Gise, cuál es el problema?

Una vez más, recurría a la pregunta equivocada. En esa época, se ve que la programación neurolingüística y la inteligencia emocional no eran mi fuerte.

-Nada, no pasa nada Pablo, tu prima me cagó el día, vos sin hacerte cargo, tomás alcohol sin límite, en menos de una hora tenemos que estar en el templo, y no tengo noticias tuyas, sos un fantasma.

En ese momento, tuve una epifanía, me desperté de repente, vi mi futuro totalizado por la efervescencia de ese presente hostil y me largué a hablar.

-O sea, no pasaron 24 horas de matrimonio, y lo único que recibo son reproches y mala onda… no me quiero imaginar en una semana, en un mes, un año, diez años… horrible, ¿para eso casarse? Presente de mierda, futuro de mierda.

Y ahí, acaso Gise también habló de más.

-Pasa por hacerse cargo de las cosas.

Qué bueno cuando el interlocutor te da el inicio de tu futura frase.

-Hacerse cargo de las cosas, muy bien, como no quiero que mi vida se arruine de acá a la eternidad, mejor no me caso nada, tenemos un mes para anular el matrimonio según la ley. Ahora me voy a dormir.

Corté el teléfono y estaba feliz. No me fui a dormir, era momento de festejar, más que haberse roto algo, se había abierto algo. Había salido de la esclavitud en Egipto hacia una tierra incierta, es verdad, pero prometedora. El camino te lleva, decía mi difunto padre cuando le preguntaba cómo llegar a algún lugar desconocido. El camino me llevaría, ya no más pactos preexistentes de continuidad entre generaciones de padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Tendría tiempo para escribir, para viajar, para experimentar.

Me puse a escuchar música, mientras me preparaba otro café con whisky, aunque eso sí, apenitas esta vez de alcohol. Elegí las canciones que me proyectaban en mi nuevo camino: “Clandestino”, de Manu Chao, “Sin cadenas”, de Los Pericos, y el infaltable “My way”, en versión punk de Sid Vicious. Me llaman clandestino, sin cadenas sobre los pies, a mi manera.

Ya eran las ocho de la noche, la hora de ir al templo, y yo pensaba Minga que voy a ir, hasta que sonó el teléfono, primero fue mi hermana, luego mi hermano, luego una tía del otro bando.

Mi hermana fue la más realista, con su “dejate de joder, no seas boludo”. Luego vino mi hermano que me dijo en qué quilombo te metiste, hermano, a tu suegra le subió la presión, tu esposa me puteó de arriba abajo. Andá y resolvé esto. A la tía del otro bando, directamente le dije: “Yo con vos no hablo”.

No sé si decir que me bajaron a tierra esos llamados, ya que la idea anterior seguía en pie: ¿Qué será del futuro de mi vida, si la cosa ya empezó mal?, pero lo cierto es que generé una suerte de suspensión de la duda, es decir, aquel estado extraño de negación del matrimonio que rondaba en mi cabezota, dejarlo en «modo de espera» o stand by mientras continuaba con el rol de lo que se supone debía hacer un reciente joven casado. Ese ímpetu de no detener el proceso lógico de las cosas cobró fuerza y llamé a Gise.

Hola, fue su primer palabra, buen indicio, el saludo no se le quita a nadie, y cuando se prestaba a reiniciar la perorata, recurrí (esta vez sí) a la inteligencia emocional con aquella muletilla de tranquila, todo va a estar bien.

Fuimos caminando al templo, a unas ocho cuadras. Ya eran las 20 y 40, estaría por terminar la ceremonia del Shabat, que había pasado a segundo plano, aunque con nuestra discusión íbamos como corderos hacia ese rebaño.

La caminata no resolvió la discusión, hubo revancha de mi flamante esposa con sus si no querés casarte, estás a tiempo, vos a mi no me vas a arruinar la vida, como siempre, sos un perdedor que se achica cada vez que tiene que tomar una decisión.

Dejé fluir ese discurso, yo pensaba en simular que no estaba tan borracho, procurando caminar sin zigzagueos, y claro, me di cuenta de que debía dejarla hablar, eso la aliviaría.

En un momento, no sé si será el temor de los escépticos a la tierra prometida que quieren volver a la certeza de volver a Egipto, pese a volver a ser esclavos, pero lo cierto es que reculé.

En verdad, yo quería salir de esa arenga continua y no encontré mejor manera que pedir perdón. No creía haber hecho nada malo, pero esa palabra sanadora permitiría un armisticio, vaya a saberse hasta cuándo. Como los países del eje que perdieron la Primera Guerra Mundial, tuve mi Tratado de Versalles ante los aliados. No sólo tenía que ceder territorio, era necesario que rodara una cabeza, que no podía ser la mía, así que el bando vencedor hizo un último pedido.

-A tu prima, llamala y quitale la invitación a la fiesta.

Estábamos a una cuadra del templo, ese día cumplía años mi prima, la llamé, se oía que estaba con gente festejando. Sólo emití un telegrama: -Lamentablemente no vas a poder venir a la fiesta, no tengo más nada que decir, chau –y corté.

La prueba del sacrificio la había pasado bien, pero la imposición de condiciones tras el incipiente armisticio continuaba mientras entrábamos al templo.

La ceremonia estaba por terminar con el clásico invite del rabino, el querido Ariel Korob, a los flamantes esposos. En ese momento exacto antes de dar por concluido el rito, al entrar no tuvimos tiempo de ir a los asientos cuando nos invita a subir al altar. Ariel dijo unas palabras sobre los desafíos del matrimonio y la convivencia (eran frases a medida de lo que estaba pasando), cantamos el Adón Olam (Dios del universo), última canción de la ceremonia, yo seguía borracho, y había una emoción indefinible que me bajaba de una montaña como una piedra atada a mis pies. Al final, Gise se acercó a Ariel, y le dijo que tenía que hablar conmigo. Ariel, con la paz de siempre, la escuchó y le dijo unas palabras mientras le tocaba la nuca (eso sí que era programación neurolingüística).

Paso siguiente, antes de la bendición del vino y del pan, se cantaba el Shalom aleijem, malajei hasharet para espantar a los ángeles malos que atentaban con oscurecer el día sagrado de descanso.

Ariel notó que había un clima tenso, y antes de concluir el brindis expresó que los ángeles malos nos ponían a prueba en las situaciones donde tenemos que decidir nuestro futuro. No dejemos que los ángeles malos se adueñen de la situación, fueron sus palabras.

Esa noche hubo una cena con amigos y familiares de Gise. Hice chistes toda la noche y sólo tomé agua, parecía un soldado que acababa de volver de la guerra a quien le habían borrado la memoria de aquella situación desoladora.

Al mediodía siguiente hubo un almuerzo en un restaurant con mis hermanos, Gise y mi suegra. Alguien sacó el tema del día anterior, pero ya era historia del pasado.

Hoy en día, tras quince años de matrimonio, todo se transformó en una anécdota divertida que recordamos cada tanto. Tenemos dos peques de 10 y 11 años que cuando se enojan, vuelve la frase reveladora: tranquilo, todo va a estar bien.

Si acaso los ángeles malos pusieron a prueba al flamante matrimonio, ese plan desestabilizador fracasó. La vida feliz en común continúa, los enojos subrepticios a veces también reaparecen, pero claro, con inteligencia emocional, todo se reorienta a la paz conyugal.
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Pablo Besarón nació en Buenos Aires en 1974. Es Licenciado en Letras (Universidad de Buenos Aires). Dio talleres literarios y clases de metodología de la investigación. Ha publicado artículos de crítica literaria en diversos medios. Es consultor en redacción científica y literaria en Argentina, México, Puerto Rico y España entre otros países. Publicó el libro de ensayos “La conspiración. Ensayos sobre el complot en la literatura argentina” (Simurg, 2009), y el libro de cuentos “Efectos colaterales” (Simurg, 2013). Sus cuentos han sido traducidos al italiano, el inglés y el portugués. Es coguionista de “La estrella roja”, película dirigida por Gabriel Lichtmann que se estrenará en el 2020.

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