jueves, junio 4, 2020
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La increíble vida del payaso Cucurucho: de bailar con Moria en la calle Corrientes a ser enfermero y alegrar a los chicos

Héctor Vieyra tiene 66 años y está esperando su jubilación. Bailarín amateur, “de caradura” se presentó en el Tabarís y Carlos A. Petit lo eligió entre 40 profesionales. Trabajó con Olmedo, Porcel, Susana, Adriana Aguirre y Carmen Barbieri. Un día dijo basta, terminó la secundaria con 42 años, se casó y se recibió de Licenciado en enfermería y lleva a su personaje por hospitales y jardines de infantes: “Los niños te dan todo”, cuenta emocionado.

En la calle Corrientes, con Moria, y como el Payaso Cucurucho

En la casa de Héctor Orlando Vieyra está puesto el Canal Volver. Un mundo en blanco y negro que regresa, más acá de la pantalla, cada vez que recuerda su paso por la revista porteña. Fue bailarín de Moria Casán, Susana Giménez, Zulma Faiad, Carmen Barbieri, Adriana Aguirre, Mimí Ardú, la vedette inglesa Lynn Alison y muchas más. Se lució en los mejores teatros de la calle Corrientes, como el Astros o el Tabarís. Estuvo en cinco películas. Su nombre aparecía chiquito, pero en el mismo cartel que Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Dringue Farías, Alfredo Barbieri… Sobre la mesa de la cocina, acá en el barrio de Remedios de Escalada, se desparraman las fotos que le quedan de esa época. “Tenía muchas más -cuenta con cierta tristeza- pero del auto me robaron un maletín con las mejores…”

Vieyra bailando con Naanim Timoyko.

Vieyra bailando con Naanim Timoyko.

Viviendo la era dorada del más porteño de los géneros, un día conoció a Celia, su esposa, y de a poco le fue diciendo adiós a las lentejuelas, aunque no a la actuación. Solo que cambió la noche por el día, se pintó la cara, se calzó una peluca, una nariz roja e inventó un nombre para su personaje: el payaso Cucurucho. Y como además, al dejar atrás al bailarín terminó la secundaria, se puso a estudiar y se recibió de licenciado en Enfermería.

“Ahora me están haciendo los papeles para jubilarme -cuenta quien ya cumplió los 66-. Estoy cobrando la mínima de la mínima de la mínima hasta que salgan”. Por eso no abandona la valija donde guarda la ropa de colores del clown, ni sus conocimientos de pedicuría y enfermería, que sigue llevando a domicilio.

El flyer de un espectáculo de los 70. Abajo a la derecha, junto a Lía Crucet, el nombre de Vieyra.

El flyer de un espectáculo de los 70. Abajo a la derecha, junto a Lía Crucet, el nombre de Vieyra.

Su historia es increíble. Tiene lo mejor de esos atorrantes queribles con que la vida te topa a veces. “A mí siempre me gustó la calle. Empecé a payasear con un primo en Quilmes, de donde soy, antes de ir a la colimba. No sabía hacer nada, bailaba, me movía, me tiraba al piso. Pero a los pibes les divertía. Y a mí me gustaba. Un día del niño hicimos como siete shows en clubes de barrio”.

Cuando volvió de la conscripción que hizo en Comodoro Rivadavia a principio de los 70 (y ya veremos el trago amargo que le deparó años después), se puso a trabajar en la parrilla más importante de esa localidad del conurbano: La Posta de los Kilmes. “Llegué a encargado. Venía el intendente, y los de la contra. Todos con sus guardaespaldas. ¡Se armaban unas peleas! El dueño me había dado un arma, por las dudas. Pero nunca la usé ahí. Sólo una vez me armé, pero no fue esa…”, relata.

Junto a Patricia Dal. (Foto: Franco Fafasuli)

Junto a Patricia Dal. (Foto: Franco Fafasuli)

“Cuando salía me iba a tomar algo una whiskería cercana. Una noche estaba en la barra y veo que, afuera, un tipo tenía a un mozo entre el cordón y las ruedas de un auto y le daba patadas en la cabeza. El que estaba en la barra tenía un arma, se la pedí y salí a la puerta. Se fue, y a los pocos días me enteré que lo habían matado: era un chorro” continúa.

A los 25 años, su vida cambió. Como casi siempre, la suerte estuvo de su lado. “Otro primo, que era peluquero, me preguntó si me animaba a bailar en un teatro de revistas.

Bailando junto a la vedette inglesa Lynn Alison.

Bailando junto a la vedette inglesa Lynn Alison.

-¿Pero vos bailabas?

-Jaja, nooo…Yo era muy caradura, nomás. Él me había visto bailar en un cabaret de Quilmes, que estaba frente a la calesita de la estación de tren. Yo iba, tomaba algo y me movía con canciones de Sandro, en joda. Las chicas me conocían y me pagaban un whisky para que bailara.

-¿Y entonces?

-Me dijo que Eric Cepeda, el coreógrafo chileno del Tabarís, estaba buscando bailarines que tuvieran una imagen varonil. Y fui. Yo era flaco, alto, melenudo, buscaban algo así. En el ensayo estaba Carlos A. Petit. Había como cuarenta tipos más… Pero eran bailarines profesionales, y yo… un cero al as. Adiviná a quién eligieron primero.

Junto a Celia, su esposa, repasando su vida.

Junto a Celia, su esposa, repasando su vida.

-A vos.

-Tal cual. Quedé efectivo. Fui a hablar con Carlos A. Petit, me hizo una propuesta y dije que sí. ¡Con la primera que bailé fue con Adriana Aguirre! Año 75 o 76. Yo era “bailarín fuerte”, el que hacía los trucos y levantaba a las vedettes. Ella me llamaba siempre después que la salvé de caerse. Hacía un cuadro español en el que terminaba tirándose desde una mesa de espaldas. Llegó el momento, tres bailarines se fueron para otro lado y yo encaré solo para la mesa. Se tiró, la agarré y la bajé. Me felicitaron todos… Después trabajé con Moria, Susana, Naanim Timoyko, una inglesa que se llamaba Lynn Alison, Zulma Faiad, muchas.

En su casa de Remedios de Escalada, como Cucurucho. Foto: Franco Fafasuli.

En su casa de Remedios de Escalada, como Cucurucho. Foto: Franco Fafasuli.

-¿Cómo era el backstage con semejantes mujeres de la escena?

-Excelente. A Moria, por ejemplo, le hacía masajes en el camarín entre un cuadro y el otro. Era una mujer muy accesible. Hace unos años nos invitó a un cumpleaños, pero no pudimos ir. Con ella, o con Susana, no tenía problemas, capaz venían caminando, las encontraba y hacían conmigo las últimas dos cuadras. Otra época. Aunque Susana, bueno, no quería que trabaje en sus cuadros, porque era más alto que ella. Tampoco aceptaba a ninguna bailarina rubia. Lo mismo hacía Adriana Aguirre. Una vez echó a un bailarín que se había teñido y se había puesto pestañas postizas…

Junto a su mujer, en el Jardín 8 de Villa Lamadrid, Lomas de Zamora.

Junto a su mujer, en el Jardín 8 de Villa Lamadrid, Lomas de Zamora.

-¿Con alguna no había buena onda?

-Y… quizás Zulma Faiad. Por ahí entraba y no saludaba a nadie. Pero con los que me llevaba realmente bien era con los actores. Porque yo no era el típico bailarín que andaba chusmeando. Conmigo podían hablar de cualquier cosa. César Bertrand, por ejemplo, me llevaba y me traía en el auto, desde Mar del Plata, porque los lunes no me dejaba en la ruta, yo vivía cerquita. Con el papá de Carmen Barbieri -que por aquella época era de las más lindas-, Alfredo, me pasó algo gracioso. Siempre que entraba a mi camarín, frente al suyo, encontraba uno. Todos los días pasaba eso. Hasta que me crucé y le pregunté si sabía quién entraba a mi camarín cuando yo salía. ‘¿Estás loco Vieyra?’ me dijo… Es que yo no fumo, le expliqué… Y me contó que era él, Entonces se rió, me hizo pasar a su camarín y cerrar la puerta. Abrió un cajón y sacó un whisky, algo totalmente prohibido, y me convidó.

Su delantal de enfermero y la nariz de payaso, el cambio que dio su vida.

Su delantal de enfermero y la nariz de payaso, el cambio que dio su vida.

-¿En alguna compañia de Olmedo estuviste?

-Si. Era un capo. Un tipo normal, un compañero más. No cualquiera era así. Siempre lo recuerdo. Cuando nos estábamos por casar con Celia, andábamos de gira por Rosario. Teníamos que venir a Buenos Aires para hacer los trámites. Fuimos a cenar con toda la compañía. Estaban Olmedo, Porcel, César Bertrand, Portales, Moria y Susana, que se sentaban en una mesita un poco separada. Y Darín, de novio con Susana en ese momento… Olmedo, en la punta de una mesa larga, éramos como veinticinco personas. Terminamos el plato principal, se paró, llamó al mozo y dijo “bueno, para el Negrito -el me decía así- que se casa con Celia, traiga todo lo que quieran de postre y para tomar, pago yo”. Así era. En cambio, Porcel era malo. No te pagaba ni un café. Aunque con el que me llevaba bien era con Tito, su hermano.

-¿Ganaste buena plata?

-Si, pero me la gasté toda. Salía del teatro y me iba a comer, a tomar algo. Todas las noches. Tomaba taxis. Me compraba mucha ropa: tenía zapatos de todos colores. Pilchas que ni usaba por ahí, y de buenos lugares. Porque además del pago del teatro, bailaba en boliches. ¿Viste esas fotos con Naanim Timoyko? Son de esas giras… Pero me traen un mal recuerdo.

Héctor Vieyra, con los carteles que le regalan los chicos.

Héctor Vieyra, con los carteles que le regalan los chicos.

-¿Por qué?

-Ella me contrató para ir a boliches. Faltaban cuatro días para los ensayos y salí con unos amigos a cenar. De golpe cayó la cana y escuchamos, “prendan las luces, apaguen la música”… Piden documentos, se lo doy, revisan, y me llevan detenido, esposado a Tribunales. A mi solo. ¿Cuál era la causa? Desertor del ejército. Yo había estado en Comodoro Rivadavia, salí en la primer baja como cabo de reserva, pero se había traspapelado lmi documentación. Estuve cuatro días preso. Estaba muy enojado. Al final se aclaró todo. Me fui rajando al ensayo, todo barbudo, con la misma ropa… Por suerte me guardaron el lugar.

-¿Por qué se terminó la revista?

-Porque ya no están esas figuras. Dringue Farías, por ejemplo. Con él empecé mal y terminé bien. En un espectáculo de Adriana Aguirre, yo tenía que salir de entre cajas y saltar al escenario en un momento indicado. Dringue se puso adelante mío. Una y otra vez. Lo tocaba para que se corriera. Fui a hablar con el regisseur, le dijo, y nada… Otra vez adelante. Le pegué un empujón tremendo y salí a bailar. A partir de ese momento, no lo hizo más. Me respetó y hasta charlábamos mucho.

En una visita a una escuela

En una visita a una escuela

-¿Extrañás todo aquello?

-Claro que sí. Bailé con los mejores. Laburé hasta que mi hija Valeria cumplió dos años. Ya estábamos casados con Celia, y quería estar presente en la crianza de mi hija. Entonces empecé a trabajar con mi mujer en circos. Ella es de familia cirquera, la conocí en una temporada en Mar del Plata. Estaba en el espectáculo de Olmedo, que hacía a Piluso. Celia era acróbata con platitos, junto a la hermana, y también actuaba con el mago. El Payaso Cucurucho nació para trabajar con Celia.

Héctor Vieyra, en su rol de enfermero.

Héctor Vieyra, en su rol de enfermero.

-¿Y la enfermería, cuando apareció?

-Cuando dejé de bailar me faltaba un año para terminar la primaria. Así que me puse a estudiar y a los 42 completé el secundario. Salí y me anoté en enfermería, en el Instituto Superior Mitre. Terminé en tres años y arranqué la Licenciatura en la Maimónides, aunque por problemas familiares dejé. Pero antes que prescribiera el tiempo que había estudiado, volví y me recibí. Empecé a trabajar en una unidad sanitaria de la municipalidad de Lomas de Zamora, como enfermero vacunador. Fui uno de los primeros que quedó en la carrera médica hospitalaria, por ser licenciado. Estuve en terapia en el hospital de Guernica, después en el Estévez y en el Gandulfo. Y una vez, para un día del Niño, uní las dos cosas.

“Los pibes son lo más sano y lindo que hay”, dice hoy.

-¿Cómo fue?

-Pedí permiso e hice una función para los chicos. Lo vieron las autoridades y a los tres o cuatro días me pidieron si podía recorrer las unidades de salud, haciendo a Cucurucho con Celia. Le llevaba alegría a los pibes y llevaba mensajes de salud.

-¿Qué te dio Cucurucho que no conseguiste con la calle Corrientes?

-(se pone a llorar) Me dió de todo… Me emociono porque todo lo que ves acá fue por él. Cuando compramos esta casa estuve tres años sin venir. Trabajaba de enfermero y como payaso. Día y noche.Lo llevé a los hospitales, a las unidades sanitarias, y después empezamos por los jardines de infantes. Los pibes te dan todo, se te arriman, te regalan un dibujito, son lo más sano y lindo que hay.

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