jueves, octubre 17, 2019
Música

Entrevista Chango Spasiuk: un largo camino de la tierra colorada a los fiordos

El acordeonista grabó un disco en Noruega y celebra 30 años de trayectoria, el 21 de septiembre en el Ópera. Repasa su comienzos, se desmarca del rótulo de vanguardista, y habla de su lenguaje musical y de cómo la cotidianidad impregna su música.

“Unos tres años atrás, en el Oslo World Festival, me llegó un sobre con un disco y una nota que decía: ’Chango, me encanta tu música, tal canción mía está inspirada en tu música, mi mujer -Verónica Salinas- es argentina…’ Semanas después, puse el disco y fue ‘uauh, cómo toca este tipo’.”

El ‘tipo’ del que habla el Chango Spasiuk es el guitarrista noruego Per Einar Whatle, que “toca la guitarra gitana que tocaba Oscar Alemán”, y con quien el músico misionero decidió que podía estar bueno compartir un proyecto.

“Empezamos a pensarlo, hasta que nos dijimos que sólo hablando no íbamos a poder avanzar. Así que me tomé un avión, me fui a Noruega y en cinco días armamos la idea”, cuenta Spasiuk, que en junio de este año volvió a viajar al país nórdico con el percusionista Marcos Villalba, para en una semana grabar un disco que, a juzgar por lo que suena en su casa de Villa Urquiza en esta mañana lluviosa, le va a volar la cabeza a más de uno. Pero para comprobarlo habrá que esperar un poco.

De festejo. Para Spasiuk, el concierto del 21 de septiembre en el Ópera no tendrá un espíritu retrospectivo, sino que prefiere verlo como un espacio para compartir en aquí y ahora de su música desarrollada a lo largo de 30 años de trayectoria. (Foto: Fernando de la Orden)

De festejo. Para Spasiuk, el concierto del 21 de septiembre en el Ópera no tendrá un espíritu retrospectivo, sino que prefiere verlo como un espacio para compartir en aquí y ahora de su música desarrollada a lo largo de 30 años de trayectoria. (Foto: Fernando de la Orden)

Lo que siguió, luego, fue el tramo europeo de su gira Chamamé Yeroky Ñeemboe, junto a Raúl Barboza. “Volví, viajé para hacer tres conciertos más, y regresé el lunes, después de tocar en la Fiesta del Inmigrante de Oberá, que cumplió 40 años. La fiesta arrancó cuando yo comencé a tocar el acordeón”, resume.

Es que aunque el sábado 21 de septiembre el Chango Spasiuk festeje en el Ópera sus 30 años de trayectoria, lo cierto es que la cosa empezó unos 10 años antes, cuando llegó a sus manos su primer acordeón. Y se comenzó a disparar un lustro después, cuando Luis Ángel Monzón (Barchuk) -“el Rey del Chotis, un gran músico súper popular, de una tradición muy parecida a la mía: nieto de inmigrantes ucranianos, nacido en el interior, cerca de Apóstoles, que tocaba schotis, chamamé, polcas…”, ilustra- pasó por su casa a decir que necesitaba llevárselo a Buenos Aires para grabar el Casamiento ucraniano, en el que sería su último álbum.

En 1989 llegaría la consagración en Cosquín, y desde entonces, su consolidación como un artista con voz propia, con un reconocimiento fronteras adentro y también en el exterior, los viajes por el mundo, una experiencia como conductor del programa Pequeños Universos en Canal Encuentro, una docena de discos que dan cuenta de una curiosidad e inquietud artísticas irreductibles. y hasta una participación en la versión del tema The Weight, que grabaron para el colectivo Playing for Change el beatle Ringo Starr y Robbie Robertson, de The Band, entre otros artistas.

-¿Alguna vez te sentás a pensar cómo fue que ese muchacho que llegó a Buenos Aires a los 15 de la mano de otro músico, hoy, a los 50, de un día para otro decide ir a grabar a Noruega y se toma un vuelo como si se tratara de ir de Apóstoles a Posadas?

-No. Si te ponés a pensar, aparecen tantas variables que te quedás enredado. En un principio, eran la necesidad y la acción. Después, a lo mejor, podías mirar un poco hacia atrás y reflexionar. Siempre seré un agradecido a mis padres, por haber tenido la confianza de soltarme la mano, y que más allá de sus miedos y sus frustraciones trataran de que fuera detrás de mi propia experiencia. Lo veo como un gesto de amor.

-¿Recordás qué pensabas que podría pasar entre vos y la música, en aquel entonces?

-Lo que pasa es que el horizonte se va corriendo todo el tiempo. Al comienzo, desde Apóstoles, tenía mi visión de ir a Posadas; cuando estaba en Posadas mi objetivo ya era Cosquín, y cuando estaba en Cosquín, el horizonte que me hacía caminar se iba corriendo cada vez más. No es una ambición desmedida, sino una necesidad de expresarte. Y para hacerlo necesitás un espacio. Entonces, lo buscás o lo generás, y ese camino se va ampliando cada vez más. Y mientras tanto te vas preparando para saber qué vas a decir, que vas a tocar, qué vas a mostrar, que es lo que vas a elaborar para compartir en ese contexto en el que sentís que estás diciendo algo.

Instinto, técnica y elaboración filosófica; tres elementos que el Chango Spasiuk dice que van a la par en su música. (Foto: Fernando de la Orden)

Instinto, técnica y elaboración filosófica; tres elementos que el Chango Spasiuk dice que van a la par en su música. (Foto: Fernando de la Orden)

-¿Cuánto fueron cambiando las proporciones de instinto, técnica y elaboración filosófica de ese discurso?

-Van siempre a la par.

-¿Siempre? Uno podría pensar que en un principio es más el instinto…

-Solamente cuando sos niño es pura emoción. Te dan el acordeón, pero no es que vas a ir al conservatorio o a un maestro. ‘¿Querías el acordeón? Tomá.’ Y te sentás todo el día a tocar, a imitar todo lo que te rodea. Si es tu papá tocando el violín, tu tío cantando en ucraniano, el vecino tocando chamamé; si es la música regional que suena en la radio… Imitás todo lo que escuchás, lo repetís, y de esa manera vas construyendo tu lenguaje. Es obvio que es instinto. Después, de repente escuchás un disco de Raúl Barboza y decís: ‘Epa, éste no es mi vecino, ni mi tío. ¿Qué carajo es esto? Y te prende fuego. Es como cuando (Eduardo) Galeano, en Un mar de fueguitos, dice que hay fuegos bobos que no alumbran ni queman, pero hay otros que arden con tanta pasión que no podés mirarlos sin parpadear, y cuando te acercás incendian tu vida. Para mí Barboza era eso. Y lo era para toda una generación. Y después van apareciendo otros aspectos.

-¿Por ejemplo?

-Aparece la tradición, lo que uno llama la raíz. Esta pluralidad cultural: mi abuelo inmigrante, mi padre argentino, lo mestizo, lo criollo, lo paraguayo, lo brasileño, la frontera, mano frontera, el chámame con la polca, con el chotis, con las danzas. Todo. Pero no es esto o aquello o aquello o aquello; es esto y esto y esto… Todo es parte de lo mismo, y para mí convive de una manera natural y no me generan ningún conflicto interno, ni emocional, ni intelectual ni filosófio. Esto es lo que me rodea, y son todos colores para crear mi mundo sonoro. Y luego vas caminando, y escuchás (Atahualpa) Yupanqui, empecé a estudiar antropología, y leés a Nietzsche, escuchás Piazzolla… Son un montón de espejos más, y se van abriendo un montón de puertas de acceso a mundos maravillosos. Hasta que en un momento son espejos para mirarte introspectivamente y volver a ver tu lugar, y resignificar los elementos de tu infancia, de tu lugar y tradición, pero a partir de haber incorporado todos estos estímulos y estas nuevas herramientas que has adquirido. Y de golpe te das cuenta que no tiene ningún sentido tratar de convertirte en lo que no sos, y que lo que tiene sentido es volver a ser vos mismo.

-¿Trataste en algún momento de convertirte en lo que no sos?

-No. Pero sí me di cuenta de que para tocar como Barboza tenés que nacer Barboza. En un principio imitás, hasta que chocás con la limitación de que para llegar a ese sonido tenés que estar parado en esa realidad. Entonces te frustrás, o esa limitación te empuja a volver y replantearte por dónde tenés que ir. Ahí es donde empieza la posibilidad de crear tu propia música, tus propias texturas. En mi caso, es un proceso que ya lleva 30 años. Por eso el concierto del Ópera no será un concierto melancólico o retrospectivo. No voy a tocar mis ‘hits’, porque no soy un artista de éxitos. Pero la música que tengo ahora es el producto de 30 años de este trabajo minucioso y artesanal.

-En un momento, fuiste señalado como el artista que venía a renovar o a revolucionar el chamamé.¿Sentiste la presión de responder lo que demandaba estar ocupando ese lugar?

-No. Porque cuando hice Polcas de mi tierra parecía que iba a ir hacia lo tradicional, y después hice Chamamé Crudo, que sonaba rockero, y enseguida hice Tarefero de mis pagos, que era acústico. Y de Tierra colorada en el Teatro Colón, que era camarístico y clásico, salté a la música de cine con Otras músicas, y tras haber pasado por un abanico de texturas, aparezco con Pino europeo, con un sonido impensado. Eso no es una demanda de los demás, sino que es una cuestión interna de mi propio desfafío y de una desesperada búsqueda de la belleza a partir de mi propia realidad. Uno ese plantea cómo sonaría algo y por qué no probarlo. Pero no es una demanda del otro, que posiblemente me ponga como un músico de vanguardia, y por eso el mercado me estaba pidiendo que respondiera a ese arquetipo que me habían colgado.

-¿Sentís que te lo colgaron?

-Puede ser. Pero todos los proyectos que he desarrollado son absolutamente personales. No es que a ni el chamamé me pidió que lo hiciera, ni lo hago en su nombre. No puedo ser un imbécil que desconozca la tradición en la que nací, el lenguaje que me rodeaba desde mi infancia, y que con este lenguaje trato de crear mi mundo sonoro. Y en esta búsqueda personal, es obvio que uno se corre de lo que hasta ese momento sonaba. Pero no porque uno quiera incomodar a los demás, sino porque uno se está buscando. Equivocadamente o no. Y hay gente que le gusta, que admira, que valora ese esfuerzo, y hay gente que hagas lo que hagas nunca le va a gustar.

-¿En qué medida influyen en esos proyectos lo que pasa de la puerta para fuera?

-En todo. Si vivo en esta comunidad, todo lo que hago está atravesado por los acontecimientos que ella vive. Y eso te hace plantear: ¿lo que hago es entretenimiento o es cultura?

-¿No puede ser las dos cosas?

-No. Porque el entretenimiento pareciera siempre una especie de mecanismo de evasión. Y la cultura a veces puede ser celebración, pero no es una celebración hueca. Una música reflexiva o introspectiva, que por momentos suena poderosa y por momentos melancólica, es la expresión de una comunidad y de su historia y de todos los acontecimientos que la van atravesando. Eso no es una mecanicidad vacía. Yo no siento que un concierto mío sea un lugar al que la gente viene para olvidarse de los problemas de la calle. Lo que siento es que es una comunidad que se encuentra, y que a través de la música resginfica un montón de elementos: la pertenencia a un lugar, la historia del lugar el país o la cultura a la que pertenece. No todos lo hacen, pero al menos es una oportunidad para hacerlo. Yo no quiero que mi música sea evasión; quiero que sea un espacio de encuentro comunitario donde la diversidad sea un tesoro y no un problema. Y agradezco poder ser parte con mi aporte de esa construcción colectiva. Porque no siento esta cosa del artista que viene a construir un espacio e invita a los demás. El espacio lo construimos entre todos.

-Pero la música es la herramienta principal en ese espacio.

-No. La herramienta principal es el encuentro comunitario.

-Sí, pero si no hay música no hay convocatoria.

-Ya sé. Pero la convocatoria es virtual, la música es virtual… La verdad de la milanesa es lo que sucede colectivamente. Si no, pareciera que a quienes convocás son quienes están necesitados. Y en el fondo, lo que sucede en ese momento y lo que se saborea en ese momento, yo lo necesito tanto como el otro. Por eso digo que el mejor momento de la música es cuando uno ni siquiera está pensando que está tocando, cuando uno desaparece y es sólo el sonido que se escucha. No sucede todo el tiempo porque uno no lo puede sostener permanentemente, pero hay momentos en los que uno se vuelve como un acorde. Cuando eso pasa es maravilloso. Cuando un niño está jugando, simplemente es el juego. La música tiene algo de eso, y cuando uno es grande, quiere desaparecer como el niño. El oficio, la carga de la imagen que uno se construye y que los demás ayudan a construir son una limitación para la música. Pesa. Pero si uno aún puede y tiene la astucia de de poder escapar de ahí y simplemente sonar, es maravilloso.

"Algo huraño." Así se describe Chango Spasiuk, a la hora de hablar de sus vínculos extramuros. (Foto: Fernando de la Orden)

“Algo huraño.” Así se describe Chango Spasiuk, a la hora de hablar de sus vínculos extramuros. (Foto: Fernando de la Orden)

-¿Desde arriba del escenario se perciben los estados del ánimo social?

-Hay cosas en la superficie, pero después hay una sintonía mucho más fina, donde hay algo de otra jerarquía y de otra calidad. Por ahí en el inicio de un concierto puede haber alguna dispersión, pero de golpe todo sintoniza hacia algo más sutil. Y ese algo más sutil, que puede aparecer, por lo general es la esperanza. Me encanta sentir eso. Entonces, en el afuera pueden suceder mucha cosas, pero por un momento se puede llegar a esa sintonía y en esa sintonía se puede saborear eso de Goethe de que nada puede ser mejor que este día. Y sería demasiado básico creer que eso es entretenimiento. Es otra cosa.

-Contabas que tocaste en Oberá, en tu provincia. ¿Tus amigos de la infancia y de la adolescencia te van a ver, están entre tus seguidores?

-No lo sé. Hay gente que me cruza y me dice que eran compañeros míos, pero no he mantenido un vinculo fuerte a lo largo de los años. Por el tipo de vida que tengo y he tenido, el tiempo que tengo para mí lo enfoco en mi familia. No soy una persona socialmente hiperactiva fuera de mi música. Hay algo como huraño. Trato de que esa actividad doméstica no esté muy contaminada por el afuera. No es que tengo un montón de amigos y que voy a jugar al fútbol, a comer asados…

-¿En qué medida le prestás atención a las letras cuando grabás canciones como las de Polcas, que no son cantadas en castellano?

-En realidad, siempre me he sentido atraído por el aspecto musical del sonido de las palabras. Cuando no conocés el idioma, quedas atraído por la sonoridad. Así es como elegí el repertorio de Polcas. Y después, le prestas atención a las letras. Lo mismo me sucede con el guaraní. Me encanta como suena, y recién después pregunto de qué habla la letra.

El Chango y el piano, un compañero a mano para recordar melodías y mostrar aquello que las palabras no pueden explicar. (Foto: Archivo/Julio Juárez)

El Chango y el piano, un compañero a mano para recordar melodías y mostrar aquello que las palabras no pueden explicar. (Foto: Archivo/Julio Juárez)

-Te lo preguntaba porque en una de las canciones anónimas de PolcasVesela doroha (Camino alegre), una mujer canta sobre su esposo, bebedor, que cuando vuelve a su casa le pega. Y le advierte que no lo haga más, porque los va a dejar. Cosa que hace, y él termina implorándole que vuela. De algún modo, es una canción de emancipación femenina.

-Me encanta que así sea. Hay algo misterioso de cómo uno elige cosas, una sintonía fina, sin que conceptualmente uno lo sepa, en el momento en que lo hace. Me alegra tener una afinidad con esa vibración.

-En otro momento quizá no tomábamos en cuenta eso que dice. Y ahora, el contexto hoy hace que cantemos y escuchemos de otro modo.

-De hecho, me acuerdo que en los ’90 giraba mucho por festivales, y siempre aparecía el burdo chiste de los humoristas, el de la violencia sobre la mujer y todo lo demás, como moneda corriente. Pero no tiene nada de chiste, y me parece muy bien que se discuta, se ponga sobre la mesa, se blanquee y se grite fuerte sobre ese tema. Y no podemos ser tan imbéciles de decir ‘no me gusta la manera violenta en la que plantean esta desigualdad’. Que se plantee, y después veremos si se puede mejorar el modo de plantearlo. Porque si no, nos estamos quedando en las formas.

Una noche para el olvido (y para aprender)

“¡Eran 20 mil personas silbándome!”

Después de 30 años en la ruta, el Chango Spasiuk dice que son muchas las cosas que le ocurrieron, que en su momento fueron como para decir “¡Uy, por Dios qué feo que es esto!” Pero asegura que “detrás de cada situación que parecía absolutamente horrible, había una gran enseñanza”. Y cuenta.

“Una vez, en un festival en Mendoza me pedían un bis, y elegí tocar mi canción Misiones”. Spasiuk se sienta al piano y deja fluir la melodía, cadenciosa, sutil… Y retoma el relato: “Eran veinte mil personas silbándome. No era un silbido fuerte, pero era un claro “andate”. Y cuando son como 20 mil, vos decís ‘¡Aaaayyyy!’ En ese momento no dije ‘qué mala elección’, pero sí ‘qué fea situación’. De todos modos, eso después me fortaleció mucho. Me dio un potencial de energía como para arriesgar cada vez más. Uno crece de esa incomodidad; de lo otro es simplemente agradecer, decir ‘gracias por mimarme, por cuidarme, por dejarme tocar’. Estos conciertos son para agradecer que me hayan dejado experimentar, correme, abrir el abanico lo más que pude, haber hecho discos que a la distancia son horribles, pero que había que hacerlos para decir ‘no es por acá’.

-¿Hiciste otro bis, esa noche?

-¡No se podía hacer más nada! La gente no quería más de eso. Era muy ’90s, una época muy vacía, donde pasaba todo el tiempo eso. Por ahí. la gente hoy sabe que puedo saltar de una cosa rítmicamente poderosa a algo muy introspectivo. Pero por entonces tenías que estar todo el tiempo pum para arriba, y yo ya no quería estar solamente agitando. Era incómodo. Y tuve que pagar un precio por hacer lo que yo quería, pero valió la pena pagarlo.

Chango Spasiuk presenta “30 Años”, el sábado 21 de septiembre, a las 21, en el teatro Ópera, Av. Corrientes 860 (Entradas, desde $600, por Ticketek). Y el 28 de septiembre a las 21.30, en el Teatro Fundación, en Rosario (Entradas desde $450, por Ticketek).

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