Es una reproducción de la del siglo XV. Cuál fue el secreto del impresor y cómo trató de preservarlo.

Un libro resalta entre las vidrieras de la avenida Corrientes. No es cualquier libro, es una obra inspirada en el incunable más importante de la literatura: por su historia, por su perfección técnica y por su repercusión cultural a través de años y años.

Un incunable es todo libro impreso durante el siglo XV. Este, en particular, es una réplica del primer libro impreso en serie: La Biblia de Gutenberg, también conocida como La Biblia Latina o Biblia de Mazarino, traducida por San Jerónimo.

Una caja blanca de pie, que resalta entre libros más chicos y acotados, hacen ver más grande al ejemplar de la editorial Taschen. Dentro de la caja se encuentran dos volúmenes en tapa dura, con 1.400 páginas en total.

Por dentro. La Biblia de Gutenberg. Foto Shutterstock

Por dentro. La Biblia de Gutenberg. Foto Shutterstock

Es una minuciosa reproducción del texto original, perteneciente a la Biblioteca de Göttingen, una de las pocas copias completas disponible. El original está impreso en latín, sobre vitela (un tipo de pergamino a base de piel de terneros de superficie lisa, delgada).

La edición de Taschen cuenta con 1.282 páginas y contiene además un cuadernillo con la investigación sobre la influencia de Gutenberg y el acta notarial de Ulrich Helmasperger, que es el testimonio del invento de la imprenta y de su primer producto.

¿Por qué en vidriera?

Los conocedores de libros, frente al escaparate, podrían tener varias preguntas sobre la decisión de la librería de poner ese ejemplar en vidriera, ¿será por lo reconocido del título? ¿O por la demanda de una obra tan especial?

Se podría pensar que tras esa decisión se esconde una historia conmovedora. Como esos relatos que cuentan los libreros viejos sobre el ejemplar tan esperado, que los impulsa a abrir con ansias cada caja, como si dentro se guardara el mejor de los regalos.

Sería fácil imaginar al librero, emocionado, sacando los libros, acariciando la portada, leyendo la contratapa con detenimiento y, finalmente, abriendo el libro con precaución, para hojearlo despacito, sin abrirlo demasiado para no marcar la página… Pero, en este caso, la historia que cuenta el librero a cargo del local, es bastante diferente.

Tentación al paso. Una reproducción de la Biblia de Gutenberg, sobre la avenida Corrientes. Foto Guillermo Rodriguez Adami

Tentación al paso. Una reproducción de la Biblia de Gutenberg, sobre la avenida Corrientes. Foto Guillermo Rodriguez Adami

“La decisión de ponerlo en vidriera es puramente comercial. Llegan apenas un par de ejemplares por sucursal, e incluso menos en pandemia, porque es un libro importado. Cada dos semanas, más o menos, pasa alguien a consultar por él. Preguntan bastante para ser un libro que no tiene gran salida. Pero se vende. Lento, pero constante. Por ejemplo, ahora esta es la única sucursal en la que queda un ejemplar”, contó.

Cualquiera podría pensar que una réplica de esta calidad y cuidado, no costaría menos de los 30 mil pesos. Pero tiene un costo de $19.850 pesos. Más barato, incluso, que una campera sin historia y con poco futuro.

Gutenberg, empresario

¿Cuál habrá sido la pregunta que se hizo Gutenberg para tomar su propia decisión comercial, la que lo llevó a hacer la diferencia? ¿Cuál era su objetivo original? ¿Su mirada habrá estado puesta en la necesidad del lector?

Desde su lugar de creativo y visionario, entendía que su invento llevaría la lectura a manos del pueblo, cuando hasta ese momento solo estaba reservada para el clero. Los monjes tardaban diez años en terminar de copiar un ejemplar, ya que lo escribían y pintaban a mano. Era una labor ardua, afanosa, que creaba ejemplares únicos… pero en pequeña escala.

Antes del aporte de Gutenbergun manuscrito costaba alrededor de seis salarios mensuales. Después de la invención de la imprenta, ese costo se redujo al salario de seis días (con un libro importado hoy, en la Argentina, es más que eso).

Con sus brillos. La reproducción de la Biblia de Gutenberg. Foto  Guillermo Rodriguez Adami

Con sus brillos. La reproducción de la Biblia de Gutenberg. Foto Guillermo Rodriguez Adami

La técnica de reproducción en serie supuso un acto revolucionario, posibilitó la creación de más copias a un costo más bajo, y permitió así ampliar el mercado. Tal fue el éxito de su proyecto editorial que las copias se vendieron antes de estar terminadas, lo que ahora conocemos como venta anticipada.

Que su primer proyecto fuese la Biblia, pudo ser también una decisión estratégica.

La Iglesia, en el siglo XV, era una institución influyente. Gutenberg sin duda tenía claro que había un público que agradecería el gesto editorial (aunque en ese momento no se conocía el término). Los monasterios no contaban con mucho dinero, y las Biblias escritas a mano eran de gran valor. Gutenberg conocía esa necesidad, por ello imprimió 180 ejemplares.

Gutenberg nació en 1398 de una familia pudiente, lo que le permitió estudiar en la escuela monástica de Maguncia y desarrollo el oficio de orfebre. En 1446, encontró un socio y —con ese apoyo— fundó su “Empresa del libro“; y en 1450, creó la imprenta.

El saber del herrero

Lo que hizo para empezar a planear la producción, fue despedazar un libro completo, separando cada palabra, cada punto y cada coma. Así creó los tipos móviles: piezas que tenían grabadas las distintas letras y símbolos.

Creó más de cien mil tipos que serían caracteres reutilizables, fabricados con una aleación metálica que fue, sin dudas, su más grande aporte. Basado en su conocimiento como herrero, dio con la aleación perfecta, dúctil y resistente a la vez, que sigue siendo usada hasta nuestros días.

Y es que los chinos ya tenían la impresión con “sinogramas” hechos de madera, bambú, hueso o cerámica para la impresión de caracteres: no estuvo allí el mérito de Gutenberg. Pero él sabía que el material se desgastaba con el uso y el paso del tiempo, y eso le dio el puntapié inicial para buscar el material ideal con el que crear sus tipos.

En Alemania. Una réplica de la imprenta de Gutenberg. Foto AFP

En Alemania. Una réplica de la imprenta de Gutenberg. Foto AFP

De hecho, mientras Gutenberg trabajaba en la creación de la imprenta en Maguncia, en Corea estaban repensando el método de escritura para hacer más sencillas las impresiones, reduciendo decenas de miles de caracteres a sólo veintiocho.

Pero Gutenberg llegó primero a la solución ideal: grabó cada letra invertida en una pieza de metal y, después, en un cubo de cobre blando que marcaba una silueta de la letra. Esta silueta es lo que se conoce como matriz, y fue la base para crear los moldes hechos con plomo fundido (tipos móviles).

El siguiente paso vino de manos de otro de sus inventos: el molde manual, donde colocaban el plomo fundido y, al abrirlo, la pieza salía lista para ser utilizada. Esto le dio la posibilidad de crear las letras que fueran necesarias para que el cajista pudiera componer las líneas del texto.

Cuando estaba listo el espejo de frases, se utilizaba otro gran invento de Gutenberg: la tinta de impresión, hecha con hollín, barniz y albúmina, fórmula que todavía se sigue empleando.

En este paso, entra al juego la prensa, una maquinaria que Gutenberg construyó inspirándose en la que era utilizada por los viticultores de la época. Por último, el paso final estaba en manos del iluminador, quien pintaba las letras y las ilustraciones con colores. Así, aunque los libros eran fabricados en serie, los convirtieron en únicos.

Con cada pincelada del iluminador, el arte cobraba fuerza  y cada ejemplar tenía un sello propio, se convertía en una pieza única.

Los primeros ensayos de impresión fueron en Estrasburgo y, luego, volvió a Maguncia. Lo que antes llevaba una década por ejemplar, ahora —con la astucia de Gutenberg— demoraba aproximadamente entre dos y tres años. Entre 1453 y 1455, se hizo una tirada de entre 180 y 200 ejemplares con letra gótica, gracias al trabajo de cuatro prensas que funcionaban a la vez, seis columnistas y doce prenseros.

La Biblia de 42 líneas, así llamada por la cantidad de renglones en dos columnas que componían las 1.286 páginas de la obra, estaba encuadernada en piel de cerdo blanca e impresa en dos volúmenes.

El secreto del impresor

Una de las cosas que se saben del tiempo en que se llevaba a cabo la impresión del libro sacro, era la estricta confidencialidad del proyecto, una promesa que hacían los trabajadores luego de que Gutenberg les dijera, de manera imperiosa, que no contaran de las prensas a nadie.

Hoy en día, aún se conservan 48 ejemplares, de los cuales solo 21 estarían completos. De 12 ejemplares en pergamino, sólo cuatro están completos y solo uno de ellos contiene el Nuevo Testamento.

La Biblioteca Nacional no posee esos ejemplares antiguos, no están disponibles en Argentina. Sí hay uno en la Biblioteca Pública de Nueva York, adonde llegó en el año 1847. Como iglesia, solo el Vaticano tiene disponibles dos ejemplares; uno en pergamino y otro en papel, pero ambos están incompletos.

Para ver uno de los ejemplares originales, haría falta viajar a Alemania, que posee doce. O a Estados Unidos, que cuenta con once. O al Reino Unido, que tiene ocho. Por aquí cerca, parece que no hay ninguno.

Si ustedes también aman las historias que se esconden detrás de los libros, tal vez quieran saber que la Imprenta de Gutenberg está reconstruida en el museo de Maguncia. Si alguna vez andan por ahí, no olviden visitarlo.

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