Pocos residentes, mucha calma y monumentos emblemáticos.

Si todos los lugares que aseguran que Ernest Hemingway los visitó estuvieran en lo cierto, seguramente al pobre escritor estadounidense no le hubiera dado a tiempo ni a teclear una sola línea ni a vaciar ni una botella de su adorado whisky.

Sin embargo, está acreditado que Hemingway pasó varias temporadas en Torcello en la década de 1930 dedicado a una de sus otras aficiones, la caza. Podría parecer la ficción de una novela, pero no. Torcello, Italia, prácticamente no ha cambiado su aspecto de islita rural y apacible en este casi un siglo desde entonces.

Los devoradores de estímulos pasan por Venecia en tromba. Están unas pocas horas en la Piazza San Marco y sus cercanías y a otra cosa. Los más ávidos de glamour pueden acercarse al Lido o los deseosos de gastar dinero en vidrio hermoso, ir a Murano.

Puente del Diablo en Torcello, Italia. Foto Shutterstock

Puente del Diablo en Torcello, Italia. Foto Shutterstock

Pero de ahí no pasa el asunto. Así que Torcello, a casi una hora de vaporetto de la isla central, en el extremo septentrional de la laguna y rodeada de marismas como ella misma lo es, permanece silenciosa y solo se oyen los trinos de los pájaros y los graznidos de los patos, tal vez tataranietos de los tiroteados por el autor de

Por quién doblan las campanas

Y eso que Torcello fue, en sus tiempos, la isla más poblada del archipiélago, con más de 20.000 habitantes. Pero cuenta la historia que las invasiones lombardas y, sobre todo, la llegada de tribus hunas, causó un descenso demográfico bastante traumático.

Hoy, cuando tras un agradable paseo de diez minutos desde el embarcadero del transporte público se llega a la plaza principal, se observa un tosco sillón labrado en piedra conocido popularmente como el Trono de Atila. Una leyenda afirma que en el siglo V el mismísimo rey de los hunos se sentó aquí para contemplar el saqueo de sus soldados.

Enfrente de la silla de mármol está la auténtica joya de Torcello, la que merece el viaje, si a uno lo del paisaje le parece poco relevante. Se trata de la hermosísima iglesia de Santa Fosca.

Auténtica catedral bizantina, el templo cuenta con un campanario de planta cuadrada que se ve desde la distancia. Y que sirve a los viajeros –cuando el acceso está abierto, el asunto parece un tanto caprichoso– para utilizarla como única atalaya del territorio y ver prácticamente la isla entera y buena parte de las circundantes, así como los marjales y la laguna.

La curiosa Iglesia de Santa Fosca en la isla de Torcello y Catedral de Santa Maria Assunta. Foto Shutterstock

La curiosa Iglesia de Santa Fosca en la isla de Torcello y Catedral de Santa Maria Assunta. Foto Shutterstock

Y también la actividad continental del cercano aeropuerto internacional Marco Polo.

En el ábside, el mosaico bizantino de teselas doradas es una auténtica maravilla. Lo preside una madonna del siglo XII y nada distrae la atención, pues la imagen de la Virgen es solitaria, rodeada completamente por el brillo áureo, aunque a sus pies sí que están representadas las figuras de los doce apóstoles.

En la pared lateral que da a Occidente hay otro enorme mosaico, este sí, repleto de figuras que relatan cómo será el Juicio Final.

La nave principal del templo está flanqueada por columnatas unidas por unas vigas de madera centrales que le dan el aspecto venerable de iglesia antigua que es, pues tiene diez siglos y su fundación se remonta más allá, al año 639.

Torcello ya no es la marisma insalubre plagada de malaria que diezmó su población hasta hacerla casi desaparecer (hoy tiene un centenar de habitantes), pero sí un lugar solitario en el que aprovechar los pocos caminos que hay para admirar las casas de los suertudos –o valientes– que allí están afincados y que llevan una vida relajada, lejos del mundanal ruido de San Polo y Santa Croce.

Incluso la estación del vaporetto tiene un aire de lugar remoto, apenas una caseta de madera con un banco y la máquina expendedora de billetes por todo personal.

Torcello se encuentra a tan solo cinco minutos de navegación de Burano, otra de las islas menores de la laguna que merecen un viaje por sí solas. Sin embargo, es mucho menos frecuentada.

Quien desee emular a Hemingway (en lo de admirar los bellos crepúsculos y vaciar una botella de whisky, no necesariamente en disparar contra anátidas), puede buscar alojamiento en los tres únicos establecimientos que lo ofrecen en la isla de Torcello. Es una manera romántica de estar en Venecia pero alejado del mundanal ruido.

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