Su invento fue el precursor de los globos aerostáticos y los aviones.

Antes de Joseph-Michel y Jacques-Étienne MontgolfierPilâtre de Rozier, el marqués d’Arlandes, Jacques Charles y Nicolas-Louis Robert existió Bartolomeu Lourenço de Gusmão. Antes del globo aerostático existió la passarola. Antes de llegar al cielo existieron una alocada idea y varios intentos.

La primera y única persona de las 750 millones que vivían en este planeta en 1709 que creyó que volar no era un delirio -y se animó a comprobarlo- fue el brasileño Bartolomeu.

Se trata de un hombre olvidado por los libros, a excepción de los de José Saramago, quizás el único autor que debía recordarlo. El escritor de Ensayo sobre la ceguera y El evangelio según Jesucristo ofreció la mejor definición de la misteriosa passarola. Pero a ella iremos más adelante.

Llegar a Dios

Bartolomeu retratado por Benedito Calixto.

Bartolomeu retratado por Benedito Calixto.

La ciudad de Santos vio nacer a Bartolomeu en 1685. Su familia era tradicional. Él era el cuarto de doce hermanos. Se destacaba en matemáticas y ciencias, virtud que lo llevó a que lo admitieran en el seminario de Bahía, ciclo de estudios que lo vio crear una bomba que podía hacer elevar el agua cien metros.

Cuando tenía quince años viajó a Portugal, a la universidad de Coímbra, y al poco tiempo se convirtió en sacerdote jesuita. Y luego, en cortesano del joven rey Juan V de Portugal.

Se desconocen precisiones de cómo fue la presentación de la passarola al rey. También cómo funcionaba realmente su extravagante “cosa”.

La primera vez que Bartolomeu tuvo la idea de acercarse literalmente a Dios fue un día que vio cómo una burbuja flotaba y ascendía a causa del fuego de una vela. Tras su “eureka”, el sacerdote inventor se propuso crear “el instrumento para andar por los cielos”.

La presentación que hizo Bartolomeu el 8 de agosto de 1709. Por Bernardino de Souza Pereira

La presentación que hizo Bartolomeu el 8 de agosto de 1709. Por Bernardino de Souza Pereira

Nadie sabe cómo lo creó ni de qué constaba, pero lo cierto es que un día se acercó a Juan V -podía hacerlo porque su hermano Alejandro era oficial del rey- y le dijo que tenía algo entre manos que podría cambiar el curso de la historia y que lo ayudaría a él en sus objetivos militares.

El joven rey, confiado por los saberes demostrados por Bartolomeu desde que estaba en Portugal y extasiado por la idea de que podría llevar una “cosa” a los cielos, le encargó que construyera su invento y lo ayudó con dinero para que pudiera hacerlo.

El pedido de Juan V fue el 19 de abril. Pocos días después, el protagonista de esta historia diseñó un ejemplar que probó en el Palacio San Jorge. No anduvo. Tras el intento fallido, lejos de desmoronarse, empezó a hacer pruebas intentando elevar globos de papel. A medida que lo lograba iba agrandando el tamaño de los globos.

La segunda y última prueba la realizó un 8 de agosto de 1709. El sueño del hombre con llegar a los cielos empezó a hacerse real ese día.

Bartolomeu se presentó en el Salón de las Indias del Palacio Real de Lisboa con su “instrumento”, que presentó oficialmente como “passarola”, y se lo mostró al rey. El famoso Cardenal Conti, quien luego sería Inocencio XIII, era testigo del momento.

No se sabe muy bien qué pasó durante la presentación. La historia está llena de elipsis y esta es una de ellas. Se cree que su instrumento voló por los aires sin tripulación, pero nadie pudo confirmarlo.

Quien estuvo más cerca de reconstruir los hechos de aquel día fue un sacerdote llamado Ferreira. El pintor Bernardino de Souza Pereira también.

El religioso escribió en un libro titulado Ephemeride historica chronologica que la nave de Bartolomeu se elevó cuatro metros de altura y recorrió gran parte de la sala gracias al aire calentado por las ascuas recogidas en una pequeña cesta metálica que estaba debajo de la abertura de un balón.

A juzgar por las pocas reconstrucciones gráficas que existen de la aeronave, se puede decir que era como un “dragón” hecho de material con una bolsa en su cara superior y sin paredes laterales que fueran capaces de atajar a una persona derribada por el viento. Bartolomeu quería llevar un dragón a los cielos. ¿Qué mejor?

Saramago la describió en Memorial del convento: “Esto que aquí ves son las velas que sirven para cortar el viento y se mueven según las necesidades, y aquí está el timón con que se dirigirá la barca…”.

“…éstas son las alas, sin ellas, cómo se iba a equilibrar la barca voladora, y no te hablaré de estas esferas, que son secreto mío, bastará que te diga que sin lo que ellas llevarán dentro no volará la barca, pero sobre este punto aún no estoy seguro”, especificó en un fragmento.

Después de aquella presentación ante Juan V, la passarola desapareció para siempre.

Elipsis

Una nueva elipsis nos lleva a Bartolomeu refugiado en España, territorio que lo acogió hasta 1724, cuando murió a los 39 sin nunca haberse podido subir a su invento ni verlo triunfar.

El silencio y la huida del brasileño son una incógnita. Dicen que cuando ascendió el cardenal Conti al poder de la iglesia católica hubo inconvenientes relacionados a la evolución de su creación. Inocencio XII creía que la passarola era obra del demonio y se cree que por eso la prohibió.

El montgolfier fue el primer globo aerostático que existió.

El montgolfier fue el primer globo aerostático que existió.

Montgolfier y el legado

Un nuevo salto argumental hacia unas pocas décadas después nos lleva a la infancia de los hermanos Montgolfier.

Deambulando en los alrededores de su hogar y curiosos por el trabajo de su padre, un exitoso empresario del rubro del papel, estos dos jóvenes se dieron cuenta de un detalle que cambiaría la historia.

Una detalle no muy diferente al que había descubierto Bartolomeu medio siglo atrás. Se dieron cuenta de que las bolsas podían volar si tenían fuego debajo.

Desarrollaron su idea, pusieron manos a la obra y el 4 de junio de 1783 llevaron adelante el primer vuelo no tripulado de la historia.

Los siguientes locos de la aviación fueron de Rozier d’Arlandes. El público iba ganando en éxtasis a medida de que veía que la idea de viajar a los cielos era cada vez más factible. Como si dentro de poco nosotros empezáramos a pensar en viajes a la Luna a lo Jeff Bezos.

Los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Etienne Montgolfier.

Los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Etienne Montgolfier.

El 21 de noviembre de 1783, los dos inventores volaron por primera vez utilizando el Montgolfier, aquella “cosa” que habían creado los hermanos que le dieron nombre.

Flotaron durante 25 minutos a una altura de 100 metros sobre París. Iban en un globo de cúpula dorada y azul. Probablemente no se acordaban de Bartolomeu o ni sabían quién era.

La gente vitoreaba; ellos, una vez convertidos en los primeros aeronautas de la historia, se miraban, gritaban y se abrazaban sobre la canasta que los sostenía y les permitía volar en una cosa incontrolable que no sabían adónde iba a parar.

Recorrieron nueve kilómetros en globo en un viaje que tuvo varios roces con techos de casas. Fueron desde el Château de la Muette hasta Butte-aux-Cailles, y desde allí a las afueras de París, alcanzando una altura de 914 metros. Cuando aterrizaron fueron tratados como héroes.

Diez días después, cerca de 400 mil personas -entre ellas Benjamin Franklin, quien era embajador de Estados Unidos- se reunieron en París para ser testigos de una nueva hazaña. A nadie le importaba el insoportable frío. El profesor Jacques Charles Nicolas Robert despegarían en un nuevo globo aerostático, pero esta vez uno que podía ser direccionado.

Era una aeronave rosa y amarilla de más de nueve metros de altura y, en un comienzo, una mole cubierta por una red de malla cuadrada. Debajo de la carcasa tenía una barquilla de mimbre donde irían los pilotos.

“Entre la una y las dos de la tarde la gente miraba satisfecha al ver elevarse el globo entre los árboles y ascender gradualmente por encima de los edificios, un espectáculo de lo más maravilloso”, escribió Franklin. Charles y Robert aplicaron un sistema de regulación de la altitud mediante bolsas de arena a modo de lastre que iban lanzando por la borda.

El inventor del pararrayos describió que cuando “los valientes aventureros” alcanzaron unos sesenta metros de altura “extendieron los brazos y agitaron sendos banderines blancos a ambos lados para saludar a los espectadores, que respondieron con fuertes aplausos”.

Foto de un "eclipse" causado por globos actuales. Foto: AFP

Foto de un “eclipse” causado por globos actuales. Foto: AFP

Al comienzo del viaje, el objeto se movió en dirección norte, pero como soplaba poco viento siguió a la vista durante un buen rato.

Arriba era pura emoción. Charles, uno de los pilotos, expresó sus sensaciones luego de tamaña experiencia: “Nada podrá igualar aquel momento de hilaridad total que me invadió el cuerpo en el momento de despegar. Me sentí como si estuviera volando lejos de la Tierra y de todos sus problemas para siempre. No fue simple deleite. Fue una especie de éxtasis físico”.

Los viajeros recorrieron 43 kilómetros y aterrizaron en Nesles-la-Vallée, al norte de París. Robert descendió, pero antes de que se pudiera percatar Charles se elevó de nuevo en solitario hasta alcanzar los 3000 metros de altura.

“He terminado con la Tierra. Desde ahora, para mí sólo existe el cielo. Una calma tan total. Tal inmensidad”, le susurró Robert a Charles cuando estaban cumpliendo el sueño de Bartolomeu.

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