El ejercicio afecta a nuestro peso y al hambre de formas inesperadas y a veces contradictorias.

¿Estar activos nos hace tener hambre después y ser propensos a comer más de lo que quizás deberíamos? ¿O nos quita el apetito y nos hace más fácil saltearnos esa última y tentadora porción de torta?

Un nuevo estudio da pistas oportunas, aunque con precaución. La investigación, en la que participaron hombres y mujeres sedentarios con sobrepeso, y que hicieron varios tipos de ejercicio moderado, descubrió que las personas que hacían ejercicio no comían en exceso después de un almuerzo buffet tentador.

Sin embargo, tampoco se saltearon el postre ni escatimaron en porciones. Los resultados ofrecen un recordatorio que, aunque el ejercicio tiene innumerables beneficios para la salud, puede ser que entre ellos, no esté el de ayudarnos a comer menos o perder peso.

Para la mayoría de nosotros, el ejercicio afecta a nuestro peso y al hambre de formas inesperadas y a veces contradictorias. Según múltiples estudios científicos, pocas personas que empiezan a hacer ejercicio bajan tantos kilos como la cantidad de calorías que queman haciendo ejercicio podría predecir.

¿Compensación inconsciente?

Algunas investigaciones recientes sugieren que esto ocurre porque nuestros cuerpos intentan obstinadamente aferrarse a nuestras reservas de grasa, una adaptación evolutiva que nos protege contra futuras hambrunas (poco probables).

Por eso, si quemamos calorías durante el ejercicio, nuestro cuerpo puede empujarnos a sentarnos más después o a reasignar energía de unos sistemas corporales a otros, reduciendo nuestro gasto energético diario total. De este modo, nuestro cuerpo compensa inconscientemente muchas de las calorías que quemamos haciendo ejercicio, reduciendo nuestras posibilidades de perder kilos ejercitando.

Pero esa compensación calórica se produce lentamente, a lo largo de semanas o meses, y supone un gasto energético. No está tan claro si el ejercicio influye en la ingesta de energía -es decir, en la cantidad de alimentos que consumimos-, sobre todo en las horas inmediatamente posteriores al entrenamiento.

Hasta ahora, las pruebas han sido contradictorias. Algunos estudios indican que el ejercicio, sobre todo si es extenuante y prolongado, tiende a quitar el apetito a las personas, con frecuencia durante horas o hasta el día siguiente. Este fenómeno las lleva a ingerir menos calorías en las siguientes comidas de las que ingerirían si no hicieran ejercicio.

Sin embargo, otros estudios sugieren lo contrario, ya que se ha comprobado que algunas personas sienten más hambre después de los entrenamientos de cualquier tipo, y pronto reemplazan las calorías que gastaron -y algunas más- con una o dos raciones extra en su siguiente comida.

Sin embargo, muchos de esos estudios se basaron en hombres y mujeres jóvenes, sanos, en forma y activos, ya que esos grupos suelen estar muy presentes entre los estudiantes de los departamentos de ciencias del ejercicio de las universidades.

Menos experimentos han analizado cómo el ejercicio puede afectar inmediatamente el apetito y la alimentación en adultos mayores, con sobrepeso y sedentarios, y aún menos han estudiado los efectos del entrenamiento de resistencia además del ejercicio aeróbico.

Caminar a paso ligero o levantar pesas puede no afectar a nuestra alimentación posterior, sugieren los resultados. Foto ilustrativa Shutterstock.Caminar a paso ligero o levantar pesas puede no afectar a nuestra alimentación posterior, sugieren los resultados. Foto ilustrativa Shutterstock.

Extrañas desconexiones

El nuevo estudio se publicó en octubre en Medicine & Science in Sports & Exercise. Científicos de la Universidad de Utah, en Salt Lake City, del Campus Médico Anschutz de la Universidad de Colorado, en Aurora, y de otras instituciones, buscaron voluntarios en Colorado que estuvieran dispuestos a hacer ejercicio y comer, en función de la ciencia.

Tras recibir cientos de respuestas, eligieron a 24 hombres y mujeres de edades comprendidas entre los 18 y los 55 años, con sobrepeso u obesidad y generalmente inactivos.

Invitaron a todos a ir al laboratorio a primera hora de la mañana, les dieron de desayunar y luego, en días distintos, les hicieron sentarse tranquilamente, caminar a paso ligero en una cinta de correr o levantar pesas durante unos 45 minutos.

Antes, durante y tres horas después, los investigadores les extrajeron sangre para comprobar los cambios hormonales relacionados con el apetito y les preguntaron si tenían hambre. También permitieron que cada uno se sirviera un almuerzo libre que constaba de lasagna, ensalada, panes, gaseosas y tarta de frutas con frutillas, mientras controlaban discretamente la cantidad de comida que consumían.

A continuación, los investigadores compararon las hormonas, el hambre y la ingesta real de alimentos y descubrieron extrañas desconexiones.

En general, las hormonas de las personas cambiaban después de cada sesión de ejercicio de manera que se podía esperar que redujeran su apetito. Pero los participantes en el estudio no declararon tener menos hambre -ni tampoco más- después de sus entrenamientos en comparación con los que habían realizado sentados.

Y a la hora de comer, comieron más o menos la misma cantidad, unas 950 calorías de lasagna y otros alimentos ofrecidos en el buffet, tanto si hacían ejercicio como si no.

Estos resultados sugieren que, como mínimo, caminar a paso ligero o levantar pesas puede no afectar a nuestra alimentación posterior tanto como “otros factores”, ejemplo, el aroma y las delicias gustativas de la lasagna (o los panes de manteca o la tarta), dijo Tanya Halliday, profesora adjunta de salud y kinesiología de la Universidad de Utah, que dirigió el nuevo estudio.

¿Más ejercicio, más hambre? Foto ilustrativa Shutterstock.¿Más ejercicio, más hambre? Foto ilustrativa Shutterstock.

Es posible que las hormonas del apetito de las personas hayan disminuido un poco después de sus entrenamientos, pero esas disminuciones no tuvieron mucho efecto en la cantidad que comieron después.

Aun así, el ejercicio los hizo quemar algunas calorías, unas 300 más o menos en cada sesión. Eso fue menos que las casi 1.000 calorías que los voluntarios consumieron promedio en el almuerzo, pero cientos más que cuando estuvieron sentados. Con el tiempo, esta diferencia podría ayudar a controlar el peso, dijo.

Por supuesto, el estudio tiene limitaciones obvias. Se analizó una única sesión de ejercicio moderado y breve realizada por una veintena de participantes que no estaban en forma.

Las personas que hacen ejercicio con regularidad, o que realizan entrenamientos más intensos, podrían responder de forma diferente. Los investigadores tendrán que realizar más estudios, incluidos aquellos con grupos más diversos y los que se lleven a cabo durante un período de tiempo más largo.

Pero incluso ahora, los resultados tienen un suave encanto de pastel de manzana. Sugieren que “la gente no debería temer que si hace ejercicio, comerá en exceso”, dijo la Dra. Halliday.

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