Unas 200.000 obras acaban de ser digitalizadas y pronto estarán al alcance del público mundial.

El 13 de abril de 1923, un prelado francés llamado Eugenio Tisserant y su asistente zarparon de la ciudad portuaria italiana de Trieste para comprar libros.

Al año siguiente, tras recorrer librerías y colecciones privadas repartidas por todo Oriente Medio y Europa, regresaron con 2.700 volúmenes, y así nació la biblioteca del Pontificio Instituto Oriental, escuela de posgrado dedicada al estudio de la rama oriental del cristianismo.

“Estuve encaramado en una escalera, entre el polvo y el calor”, recordaba Tisserant años después sobre su estancia en Constantinopla, donde examinó los volúmenes “uno a uno, durante días enteros”.

A los estudiosos de la Iglesia de hoy día esa tarea les resulta mucho más fácil. Algunos de los textos del instituto de Roma, que a lo largo de los años llegaron a sumar unas 200.000 obras, acaban de ser digitalizados y pronto estarán al alcance del público mundial, sin necesidad de viajes ni escaleras.

El Rev. David Nazar, rector del Pontificio Instituto Oriental. La colaboración para digitalizar sus libros le recordó a una “película de Mickey Rooney”. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesEl Rev. David Nazar, rector del Pontificio Instituto Oriental. La colaboración para digitalizar sus libros le recordó a una “película de Mickey Rooney”. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

Las primeras versiones digitalizadas estarán a disposición del público a mediados de 2022, producto de una iniciativa benéfica que puso en contacto al instituto con empresas tecnológicas de Estados Unidos y Alemania.

“Fue como una película de Mickey Rooney: ‘Tengo el vestuario, conozco a un tipo que tiene un granero y podemos montar la obra allí’”, dijo el reverendo David Nazar, rector del instituto.

Las compañías, dijo, comprendieron de inmediato el valor del proyecto. Muchos de los libros proceden de países como Siria, Líbano e Irak, donde la guerra u otros disturbios ponen en peligro colecciones enteras. Otros proceden de países donde la censura autoritaria también era una amenaza.

Escáner de una empresa alemana, utilizado por la biblioteca. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesEscáner de una empresa alemana, utilizado por la biblioteca. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

“No somos un hospital, no estamos en los campos de Siria”, dijo Nazar, “pero tenemos alumnos que vienen de allí y estudian aquí porque nuestros recursos no han sido destruidos por la guerra”.

Aunque la mayoría de los títulos del instituto no son reconocibles para el público en general –la colección de cánones ortodoxos orientales del siglo XIX en seis volúmenes “Syntagma tôn theiôn kai hierôn kanonôn” nunca llegó a figurar en la lista de los más vendidos–, son preciosos para los estudiosos.

Incluyen volúmenes como una primera edición en griego de las liturgias de Juan Crisóstomo, uno de los primeros padres de la Iglesia, impresa en Roma en 1526.

“La biblioteca es única en el mundo”, dijo Gabriel Radle, profesor de la Universidad de Notre Dame que estudió en el instituto hace una década.

Los volúmenes del instituto cubren la amplia gama que es el cristianismo oriental. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesLos volúmenes del instituto cubren la amplia gama que es el cristianismo oriental. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

Sus volúmenes cubren todo el espectro del cristianismo oriental, término que engloba las tradiciones y confesiones que se desarrollaron en los primeros siglos de la Iglesia en Jerusalén y Oriente Medio, y que se extendieron por Grecia, Turquía y Europa oriental, hacia el norte hasta Rusia, hacia el sur hasta Egipto y Etiopía, y hacia el este hasta la India.

El primer conjunto de libros que se digitalizó fue escaneado por un equipo de ocho miembros de una empresa de Long Island (Nueva York), Seery Systems Group, utilizando tecnología de SMA de Alemania. El proyecto era algo inusual para Richard Seery, cuyos clientes suelen ser gobiernos estaduales y municipales.

“Le digo a la gente que normalmente no cruzo el puente a Nueva Jersey por negocios, y ahora estoy yendo a Roma”, dijo Seery en una entrevista telefónica. El material también era una novedad para él.

“Una página puede estar en alemán, la siguiente en sánscrito o en algún otro idioma”, explicó Seery sobre su experiencia al escanear los textos. “Y lo curioso fue que, después de pasar página tras página, libro tras libro, de repente pude leer algo… algo en inglés”.

Fabio Tassone, director de la biblioteca, dijo que se había dado prioridad de escaneo a los libros más solicitados. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesFabio Tassone, director de la biblioteca, dijo que se había dado prioridad de escaneo a los libros más solicitados. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

Una biblioteca única

Los libros digitalizados se gestionarán a través de ShelterZoom, empresa neoyorquina cuya tecnología blockchain garantizará que el instituto mantenga la propiedad de los volúmenes y el control sobre su consumo.

Chao Cheng-Shorland, directora general de ShelterZoom, contó que visitó la biblioteca el año pasado y se entusiasmó con el proyecto.

“Es único, no sólo en el sentido tecnológico, sino también porque aporta algo a un maravilloso retazo de historia”, dijo en una entrevista telefónica. ShelterZoom financia la primera fase del proyecto.

Fabio Tassone, director de la biblioteca, dijo que se han escaneado con prioridad los libros más demandados, los que tratan de la liturgia oriental y el estudio de los primeros escritores cristianos de las iglesias orientales.

Las revistas publicadas por el propio instituto, en particular los números que incluían manuscritos inéditos, su traducción y análisis científico, también estuvieron entre los primeros textos en ser digitalizados. En total, se han digitalizado hasta ahora unos 500 volúmenes, con planes de continuar el proceso en el futuro.

El material refleja la singularidad del instituto, donde “se pueden estudiar todas las iglesias orientales, no sólo una”, dijo Nazar. “Conservamos los recursos de muchas de estas culturas e iglesias orientales para que la gente vuelva y estudie sus propias raíces, especialmente cuando hay confusión”.

Un libro que lleva el sello “TK”, marcándolo como parte de la colección original reunida por Eugenio Tisserant y Cyrille Korolevskij. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesUn libro que lleva el sello “TK”, marcándolo como parte de la colección original reunida por Eugenio Tisserant y Cyrille Korolevskij. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

Los esfuerzos de Tisserant por comprar libros reflejan la amplitud de la misión del instituto y la profundidad de su compromiso.

En 1923, su asistente, el sacerdote católico oriental Cyrille Korolevskij, partió hacia Rumania, Transilvania, Hungría y Polonia, antes de llegar finalmente a Vilna, la capital de Lituania.

“Esperaba llegar a Bosnia, pero se vio obligado a renunciar”, recordaba Tisserant en una carta escrita en 1955, momento en el que ya era una estrella en ascenso. Tisserant pasó a dirigir la Biblioteca Vaticana y, como decano del Colegio Cardenalicio, presidió más tarde las misas fúnebres del papa Pío XII en 1958 y del papa Juan XXIII en 1963.

Muchos de los libros que el instituto llegó a reunir procedían de países que formaban parte de la antigua Unión Soviética.

En consecuencia, la biblioteca cuenta con algunas joyas inesperadas, como una colección completa de los diarios Izvestia y Pravda del periodo soviético, que incluyen números que no se pueden encontrar en Rusia, dijo Tassone, “porque los hicieron desaparecer”.

La pandemia demostró “cuán crucial es tener acceso digital a fuentes académicas”, dijo un exalumno. Foto Nadia Shira Cohen para The New York TimesLa pandemia demostró “cuán crucial es tener acceso digital a fuentes académicas”, dijo un exalumno. Foto Nadia Shira Cohen para The New York Times

El instituto, que está elaborando un programa de tarifas para el acceso a los volúmenes digitalizados, seguirá escaneando la colección incluso después de que sus socios solidarios se hayan ido. Acabó por comprar el escáner con esa intención.

La pandemia ha puesto de manifiesto el valor del proyecto, según otra ex alumna.

Lejla Demiri, que ahora ocupa la cátedra de doctrina islámica en la Universidad de Tubinga (Alemania), escribió en un correo electrónico que los dos años de confinamientos y cuarentenas habían demostrado “lo crucial que es tener acceso digital a las fuentes académicas”. No se necesita una escalera.

Radio Pinamar FM 100.7