miércoles, abril 1, 2020
Música

20 discos para aliviar el aislamiento del coronavirus

Entre tantas recomendaciones de series, películas, libros para esta época de quedarse en casa, Página/12 suma la música: ¿Por qué no redescubrir y disfrutar de principio a fin grandes obras del rock?

El aislamiento por el coronavirus obliga a potenciar la creatividad para que el virus del aburrimiento no sea más nocivo que el COVID-19. Parece un buen momento para volver a ver o descubrir series, películas, miniseries y libros; suena también a la oportunidad ideal para la relectura de esa novela leída hace mucho tiempo, para volcarse al cada vez más expandido universo del podcast, la siesta obligada o las actividades con los chicos.

Pero es también una buena oportunidad para llenarse los oídos de música. Suele decirse que la era del single y del “picado” fugaz en la hiperoferta de las plataformas digitales tiene mucho que ver con la falta de tiempo para dedicar al rito de la escucha de albumes completos, ni hablar de ese rito de tirarse en un sillón para dejarse llevar por el sonido, apreciando hasta el mínimo detalle del arte de tapa de un disco de vinilo. Por eso, en estos extraños tiempos Página/12 ofrece a sus lectores un juego relacionado con la música, una guía de recomendaciones, un viaje relajado y sin apuro a sonidos del Siglo XX contenidos bajo el amplio paraguas del término “rock”, que siempre ofrecen una faceta para redescubrir. Para evitar polémicas, hay que remarcar que no es esto un intento de definir “lo mejor de…” o una compilación terminante: simplemente un paseo a través de las décadas, ideal para abrirse al disfrute en este momento de tanto tiempo muerto. A preparar los auriculares o los parlantes: aquí va el Volumen I, con un listado de 20 títulos de aquí y de afuera para mejorar el ánimo.

I Never Loved a Man the Way I Love YouAretha Franklin (1967)

 

El debut de la Reina del Soul para el legendario sello Atlantic es suficiente justificación de semejante título. Desde el arranque con el clásico de clásicos ”Respect” , Aretha demuestra una y otra vez por qué es una de las más grandes voces en la historia de la música, con cumbres como “Do Right Woman, Do Right Man”, “Dr. Feelgood” –donde quedan claras sus raíces gospel- y el tema que titula al disco, uno de esos desgarros amorosos solo soportables con música: “Sos un mentiroso y un tramposo, no sé por qué te dejo hacerme estas cosas”, canta Franklin, y parece estar cantándole a todas las mujeres… y a los hombres también.

Revolver, The Beatles (1966)

 

No, no es cierto que John Lennon se haya colgado del techo del estudio EMI para hacer el efecto de “Tomorrow Never Knows”. The Beatles tenían a George Martin para interpretar sus revolucionarias ideas , que en la previa de abandonar los shows en vivo empezaban a estallar y a cambiar la música contemporánea… otra vez. Revolver es más que el puente entre Rubber Soul y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: es el disco de “Eleanor Rigby”, de “And Your Bird Can Sing”, de “I’m Only Sleeping”, de “Here, There and Everywhere”… y del record de George Harrison, que clava tres obras maestras con “I Want to Tell You”, el sitar de “Love You To” y esa apertura de “Taxman” protestando contra la política impositiva del Reino Unido, que con una mano los condecoraba y con la otra les vaciaba el bolsillo: “Dejame decirte cómo va a ser: hay uno para vos y 19 para mí”.

Led Zeppelin II (1969)

Cuando las energías parezcan decaer de tanto distanciamiento social, basta darle play –o, mejor aún, apoyar la púa- en el legendario comienzo de uno de los discos esenciales de la historia del rock. ¿Cuántas bandas nacieron simplemente por haber escuchado a Jimmy Page y John Paul Jones riffeando, y a Robert Plant fijando al ícono del cantante del palo hasta el ingreso de la bestia John Bonham? “Whole Lotta Love” es solo el inicio de un álbum sin un solo tema descartable, ideal para la batalla con el vecino de a ver quién hace temblar más los vidrios: el volumen 11 de Spinal Tap parece haber sido inventado para “Heartbreaker / Living Loving Maid”, para “Ramble On”, para el blues reventado que termina explotando en “Bring It on Home”, para Bonzo rompiendo todo en “Moby Dick”, para esa bestialidad que Jack White y Plant regalaron en un Lollapalooza llamada “The Lemon Song”. Y era solo el segundo capítulo de una historia que todavía tenía mucho por dar.

Catch a Fire, The Wailers (1973)

 

En el debut para el sello Island , todo estaba bien en la familia Wailer: Peter Tosh y Bunny Wailer aún no se habían marchado ofendidos por la decisión de Chris Blackwell de poner el nombre de Bob Marley al frente, tenían dinero para grabar como nunca antes habían grabado, tenían a la mejor base del reggae (Aston “Family Man” y Carlton Barrett), el mundo estaba a punto de caer bajo el irresistible influjo de un género aún desconocido fuera de Jamaica. Y había hierba y canciones para tirar al techo, ambas de excelente calidad. No es de extrañar que Catch a Fire sea semejante discazo, con clásicos como “Concrete Jungle”, “No More Trouble”, “Stir It Up”, “Stop That Train” y “Slave Driver”. Reggae + Wailers: un gran remedio para un gran mal.

Black Sabbath, Black Sabbath (1970)

 

Acaba de cumplir 50 años y sigue atronando… de manera literal. Quizá la mejor opción para musicalizar las horas nocturnas del aislamiento coronavírico, el debut de la banda que integraron Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Terence “Geezer” Butler y Bill Ward es mucho más que uno de los pilares en los que se apoya el hard rock –y en especial la variante stoner- de todos los tiempos. Los muchachos de Birmingham empezaron como banda de blues y luego desbarrancaron, y lo bien que hicieron: la burlona voz de Ozzy y la guitarra ralentada de Iommi, la desquiciada armónica de “The Wizard”, el tanque machacante de “NIB”, el bajo de Butler pateando el pecho en “Wicked World”, el tono amenazante de “Behind the Wall of Sleep” y “Black Sabbath”… que venga el coronavirus nomás, Sabbath lo saca a patadas.

The Head on the Door, The Cure (1985)

 

El arranque del disco que significó un importante espaldarazo comercial para los hombres de negro de Crawley parece desmentir su leyenda oscura: “In Between Days” es un perfecto himno pop, impulsado por un Simon Gallup feliz de volver a la banda y el alegre rasgueo de guitarras acústicas. Pero así es la historia de The Cure, que siempre estuvo más allá de la mera darkosidad, o en todo caso supo dosificarlo. Será por eso que La cabeza en la puerta incluye un hit claustrofóbico como “Close to Me”, y paisajes desolados como el de “A Night Like This” y hasta el arranque flamenquero de “The Blood”, momentos urgentes como “The Push” y piezas delicadas como “Six Different Ways”. Robert Smith y sus muchachos en el esplendor de los ’80.

Stop Making Sense, Talking Heads (1984)

 

Es tan bueno que hasta se banca la extraña traducción de la edición argentina (¿¿Deja de hacer las cosas bien??), y la edición en plataformas digitales trae la ventaja extra de varios bonus tracks, cosas como “This Must Be The Place” o rarezas como el “Genius of Love” de Tom Tom ClubDavid Byrne, Jerry Harrison, Tina Weymouth y Chris Frantz: cuatro cabezas dándole forma a una banda irrepetible e inimitable. Los cuatro shows en el Pantages Theatre de Hollywood en diciembre de 1983 presentaron quizá al mejor destilado de los Cabezas Parlantes, con momentos de honda intensidad como “Burning Down The House”, “Once In A Lifetime”, “Girlfriend Is Better” y, claro, el inquietante himno “Psycho Killer”, siempre con la imagen pegada de un Byrne en un saco tres talles más grande.

Sign O’The Times, Prince (1987)

 

El príncipe de Minneapolis hizo muchos grandes discos, pero difícil discutirle a este su carácter de obra suprema . Mucho antes de que se hablara del cupo femenino, Prince dejaba brillar a la guitarrista Wendy Melvoin, la tecladista Lisa Coleman y la baterista Sheila E; pero sobre todo fulguraban las canciones y la idea detrás de un disco que hablaba de un mundo en disolución, que veía explotar al Challenger “y aún así quiere volar”, que hablaba del sida como esa “gran enfermedad con un nombre pequeño”, que mostraba cierta esquizofrenia en las voces desdobladas de “If I Was Your Girlfriend”. Desde el contracturado inicio de “Sign O’the Times”, con momentos épicos como “The Cross”, arranques de big band como “Slow Love” y de puro baile como “U Got the Look” (con Sheena Easton) y “I Could Never Take the Place of Your Man”, el disco que hace entender por qué Prince fue Prince.

Check Your Head, Beastie Boys (1992)

 

En Licensed to Ill se los consideraba solo tres raperitos blancos de la clase media judía de Brooklyn. En Paul’s Boutique se revelaron como magos del sampling y la arquitectura de nuevas canciones con fragmentos de otros. Pero Ad-Rock, Mike D y MCA habían empezado tocando hardcore, y no se habían olvidado de los instrumentos: junto al tecladista “Money Mark” Ramos Nishita, los Pibes Bestia consiguieron la perfecta alquimia entre bandejas y música en vivo, raps perfectos y gomosos cuelgues instrumentales, al cabo una obra maestra del hip hop respetada incluso por los más recalcitrantes afroamericanos. Quien pueda hacerse de una copia en vinilo de Check Your Head y un buen par de auriculares tendrá un tesoro a disfrutar sin límite.

Parklife, Blur (1994)

 

Demasiado a menudo se recuerda más al tercer disco de los londinenses como uno de los arietes en la lucha contra Oasis y su Definitely Maybe, aparecido unos meses después. Al cabo, pura cháchara: mejor sentarse a disfrutar de una de las grandes obras del naciente britpop noventista, y no solo por hits como “Girls & Boys”, “To The End” o “End of the Century”: el disco de los perros de carrera –esa tapa inolvidable- incluye arranques de furia como “Bank Holiday”, momentos muy Bowie como “Parklife” (con el ultralondinense Phil Daniels como invitado) y pequeñas gemas como el instrumental “The Debt Collector”.

Argentina

Seremos amigos, Los Gatos (1968)

 

Entre el ruido de “La Balsa” y la reformulación que significó la salida de Kay Galiffi y el ingreso de Pappo, a veces se pasa un poco por alto al tercer disco de la banda pionera del rock en español, último con su formación original. A esta altura, Litto Nebbia, Ciro Fogliatta, Kay, Alfredo Toth y Oscar Moro ya tenían todas las tuercas de la banda bien ajustadas, y podían ir de la aparente inocencia de “Seremos amigos” al aire más complejo de “La chica del paraguas” y los ensayos futuristas de “Mañana” o “Cuando llegue el año 2000”, en el que no entraba ninguna previsión de molestos virus y distanciamientos sociales.

La máquina de hacer pájaros, 1976

 

Claro, la primera opción en tiempos de aislamiento es Películas, el segundo disco, allí donde García habla de las oscuridades de la dictadura pero también ve el futuro y pregunta qué se puede hacer salvo ver películas. Pero el primero de La Máquina es una obra soberbia, que va más allá de la influencia de Crucis para alimentarse de un Charly post Sui Generis y cada vez más grande. Oscar Moro, el Conde Carlos Cutaia, Gustavo Bazterrica y José Luis Fernández: una formación de lujo para llevar a la estratósfera al oyente con “Bubulina”, “Rock”, “Boletos, pases y abonos” y “Ah, te vi entre las luces”, por momentos pinkfloydiana y por momentos inocultablemente latinoamericana.

Invisible, 1974

 

Hablando de debuts demoledores : Luis Alberto Spinetta, Pomo Lorenzo y Machi Rufino venían de convivir y tocar a diario en una quinta del conurbano, y así el material de Invisible podía ser tan complejo como rotundo. Seis canciones que se volvían ocho con el “simple extra” de “La llave del mandala” y “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”; una banda capaz de llevar a cabo moños como “Jugo de lúcuma” y expresiones proto-grunge como “Suspensión” y “Tema de Elmo Lesto”, para luego salir a volar con las deformidades de “Irregular” y “La azafata del tren fantasma”.

Manal, 1970

 

El disco de la bomba , expresión de otro trío esencial en la historia del rock argentino, acaba de cumplir medio siglo y, como los buenos vinos, no envejece sino que añeja. La primera oleada de artistas encontró una sólida columna en la que apoyarse gracias al feliz cruce de un guitarrista extraordinario como Claudio Gabis, una pared de sonido como el Negro Alejandro Medina y un baterista de sólida formación blusera y jazzera, Javier Martínez, que cantaba blues como un negro y escribía como poeta antes que letrista. No podía sino surgir un disco ideal para volver a escuchar, entre la arenga de “Jugo de tomate” y las inolvidables pinturas de “Avellaneda Blues”, “Una casa con diez pinos” y “Avenida Rivadavia”. Y en el medio, un tema de otra galaxia: “Porque hoy nací”.

Sueter, 1982

 

Es difícil encontrar el primer disco de la banda de Miguel Zavaleta, Jorge Minissale, Juan del Barrio, Gustavo Donés y Daniel Colombres, pero un alma caritativa lo colgó completo y sin pausas en YouTube. Eso permite zambullirse en uno de los mejores títulos del rock argentino de los ’80, sin exageración: también conocido como La reserva moral de Occidente –por los avisos de show que traían ese subtítulo- el debut de Sueter tiene canciones tan grandes como “Atrapado en el hielo”, “De mi corazón directo a tu corazón”, “Como un barco lleno de lauchas” y “Hasta mañana por la mañana”. El aislamiento coronavírico ofrece la oportunidad ideal de descubrir una gema oculta.

Gulp, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1985)

 

No es un juicio de valor ni debe interpretarse como “mejor” o “peor”: los Redondos del primer disco son algo bien diferente a todo lo que vendría después. Algunos recordarán la impresión que producía escuchar en casas de amigos, en discos y casetes, cosas como “Barbazul versus el amor letal”, “Te voy a atornillar” o “Roto y mal parado”. El entretejido de las guitarras de Skay Beilinson y Tito Fargo D’Aviero, la personalísima voz del Indio Solari, los dibujos del saxo de Willy Crook y el Gonzo Palacios ponían las pinceladas sonoras de una banda como ninguna otra en el albor de la década. Si se hace el ejercicio de tratar de escucharlo haciendo abstracción de todo, como si fuera la primera vez, se descubre un disco que sigue siendo una feliz anomalía.

Consumación o consumo / Para terminar, Fricción (1986 / 1987)

 

Tampoco es sencillo encontrar separados los dos discos de la banda que encabezó Richard Coleman: en las plataformas figura la Antología 1986-1988 que los compiló, y solo los coleccionistas o aquellos que no se desprendieron de las ediciones originales tienen separadas a las dos formaciones. Como sea, siempre hay que volver a escuchar a Fricción, mucho más que “los dark argentinos”. Con Celsa Mel Gowland, Christian Basso, Fernando Samalea y el Gonzo Palacios en la primera etapa; con Daniel Castro, Roly Ureta, Daniel Avila y el Gonzo en la segunda (producidos por Gustavo Cerati), el grupo dejó grandes canciones que se pueden disfrutar hoy… aunque en este momento de pandemia metan algo de miedo títulos como “Perdiendo el contacto”, “Prisión emocional”, “Enjaulados” o “Durante la demolición”.

Peligrosos Gorriones, 1993

 

Fueron considerados la revelación de 1993, con toda justicia: producido por Zeta Bosio, el debut del cuarteto platense fue un mazazo en la escena. Francisco Bochatón, Guillermo Coda, Rodrigo Velázquez y Martín “Cuervo” Karakachoff venían estallando escenarios porteños como el mítico La Luna, y el disco logró reflejar esa furia y esos momentos de psicodélico lirismo. Vale la pena redescubrir a una de las bandas animadoras del Nuevo Rock Argentino a través de explosiones como “Escafandra”, “El bicho reactor”, “Cachavacha” o “Un ardiente beso”, junto a paisajes de raro clima como “Siempre acampa”, “Estos pies” y “La panza de la araña” y pasajes tan lúdicos como “Honda congoja y pesar”. Imperdibles.

La era de la boludez, Divididos (1993)

 

A menudo sucede que cuando a un disco se lo escuchó seguido se lo termina abandonando por un buen tiempo. Y al tercer álbum de Divididos se lo escuchó mucho, por la heavy rotation de “Qué ves” y la seguidilla de trece conciertos en Obras Sanitarias a lo largo de todo 1993. Pero quizá ha pasado suficiente tiempo para ponerlo de principio a fin y volver a sorprenderse: la asociación entre Ricardo Mollo, Diego Arnedo, Federico Gil Solá y Gustavo Santaolalla dio como resultado un disco que demuele tanto como hechiza, que reformula a Atahualpa Yupanqui en “El arriero” y descona parlantes con “Paisano de Hurlingham”, “Salir a comprar” y “Rasputín / Hey Jude”, pero que también genera climas de embrujo con “Indio dejá el mezcal” y “Pestaña de camello”. Y tantos años y pasadas después… “Qué ves” sigue siendo un temazo.

Superchango, 1996

 

Otra figurita difícil felizmente rescatada por un usuario que la subió como playlist . Andy Chango, Juan Absatz y Pol Medina encabezaban una banda de pop lisérgico que apenas dejó un disco y un puñado de canciones que en la escucha 2020 no pierden ni un poco de encanto (aunque en estos tiempos “Dada vuelta” suene algo, ejem, incorrecta). Piezas magnéticas como “Tiempo de substancias”, “Budapest”, “No tengo fiebre” -bastante adecuada al momento-, “Octambul” y el recontradeforme collage con el que se construye la versión final de “Come Together” (se reconoce a Red Hot Chili Peppers, Prince y U2, pero hay más a descubrir) son jalones de un álbum inolvidable… que se perdió en el olvido.

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